El eterno retorno — Explorando valores


En eso que llamamos “imaginario colectivo” —una especie de marco relacional compartido— existen frases con sus determinados autores que se conocen de memoria. Entre ellos encontramos oraciones como “el corazón tiene razones que la razón ignora” de Pascal o “lo único que sé es que no sé nada” de Sócrates. Aunque, honestamente, muchas veces la autoría importa menos que el uso que hacemos de estas frases. Estas pueden funcionar como atajos o formulas condensadas que pretenden decir algo poderoso en pocas palabras.

Hoy me gustaría hablar de, más que una frase, una doctrina: el eterno retorno de Nietzsche.

Ante muchos se nos presenta como una hipótesis inquietante: ¿vivirías tu vida exactamente igual, una y otra vez, por toda la eternidad? Eso incluye cada decisión, cada error, cada olvido, cada gesto, cada gota de lluvia que cayó del cielo volvería a repetirse sin variación ¿Lo harías?

Spoiler: al final de todo, dejo un handout descargable para llevarlo a la clínica.

El imperativo ético nietzscheano

Primero que nada, el eterno retorno se trata de un ejercicio imaginativo que remite a enfocarnos en nuestro recorrido por la existencia. La posibilidad de reflexionar sobre la manera en que hemos invertido nuestro tiempo y negociar con aquel tiempo que vendrá. Antes de ir más en detalle, leamos la fuente original de esta idea:

“¿Qué dirías si un día o una noche se introdujera furtivamente un demonio en tu más honda soledad y te dijera: “Esta vida, tal como la vives ahora y como la has vivido, deberás vivirla una e innumerables veces más; y no habrá nada nuevo en ella, sino que habrán de volver a ti cada dolor y cada placer, cada pensamiento y cada gemido, todo lo que hay en la vida de inefablemente pequeño y de grande, todo en el mismo orden e idéntica sucesión, aun esa araña, y ese claro de luna entre los árboles, y ese instante y yo mismo. Al eterno reloj de arena de la existencia se lo da vuelta una y otra vez y a ti con él, ¡grano de polvo del polvo!”? ¿No te tirarías al suelo rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que así te hablara? ¿O vivirías un formidable instante en el que serías capaz de responder: “Tú eres un dios; nunca había oído cosas más divinas”? Si te dominara este pensamiento, te transformaría, convirtiéndote en otro diferente al que eres, hasta quizás torturándote. ¡La pregunta hecha en relación con todo y con cada cosa: “¿quieres que se repita esto una e innumerables veces más?” pesaría sobre tu obrar como la carga más pesada! ¿De cuánta benevolencia hacia ti y hacia la vida habrías de dar muestra para no desear nada más que confirmar y sancionar esto de una forma definitiva y eterna?” (Nietzsche, 1882/2002, p. 133)

Probablemente la imagen más conocida de esta idea sea la serpiente tragándose a sí misma. Nietzsche considera que el eterno retorno es uno de los planteamientos más pesados, dado que involucra pensar en lo eterno —la vida como una instancia infinita— y el retorno —vivir una y otra vez lo que hemos ya experimentado. Si la vida es infinita, entonces re-experimentaremos infinitamente. Pero eso que se repite… ¿es igual o diferente?

Comúnmente se interpreta lo dicho por el filósofo alemán como una vida donde todo lo que hemos hecho y experimentado será exactamente igual. Esto no es erróneo si leemos nuevamente la cita previa: “deberás vivirla una e innumerables veces más; y no habrá nada nuevo en ella” (ídem, p. 133). Un demonio que nos da la noticia que viviremos eternamente lo que ya hemos vivido hasta ese entonces.

Gilles Deleuze (1965/2019), filósofo francés, lo expresa de esta forma:

“La idea de que todo regresa, que lo mismo regresa, y que todo regresa a lo mismo. Puesto que, en ese caso, el eterno retorno es solo una hipótesis, una hipótesis banal y aterradora. Banal, porque equivale a una certidumbre natural, animal, inmediata […]. Aterradora también, puesto que, si es cierto que todo regresa, y que regresa lo mismo, entonces el hombre pequeño y mezquino, el nihilismo y la reacción también regresarán” (p. 36).

Esta concepción del eterno retorno provoca una sensación de desesperanza e impotencia, casi como una interpretación que invita a la resignación por su apariencia de cárcel atrapante. En otras palabras, una posición pesimista donde todo va a volver a ocurrir, todo carece de sentido por indiferencia y permanencia de las cosas (Ruido, 2020, p. 139).

El eterno retorno de lo diferente

No obstante, no es la única interpretación que existe de este concepto. Para comprender la siguiente interpretación, me gustaría invitarlos a que vuelvan a leer la cita una vez más. Aunque, esta vez, les pido que al leerlo puedan tener a la par un recuerdo de algún evento de su vida. El que ustedes quieran, puede ser tanto significativo como banal; desde el reencuentro accidental en la calle con una persona apreciada, hasta el almuerzo que tuvieron el día de ayer. Por favor, insisto en que lo intenten. Luego de que hagan este breve ejercicio, vuelvan a este punto. Sé que puede ser tedioso porque la cita es muy larga, y aun así me gustaría que puedan intentarlo.

Ahora bien, aquellos que realizaron el ejercicio: gracias. Les hago unas preguntas: ¿Cómo se sintieron leyéndolo? ¿Cuál fue el resultado de esa lectura teniendo en cuenta ese recuerdo que eligieron? ¿Ese resultado que apareció como respuesta ya estaba clarificada de antemano? Es decir, ¿Fue algo nuevo que no sabían o algo que sabían de antemano y reafirmaron? Tómense el tiempo para responder estas preguntas.

La última vez que realicé este ejercicio lo hice recordando en paralelo un reencuentro con una amiga quien hace mucho tiempo no hablo. Ella estaba con sus amistades y yo con la mía, los dos en el mismo lugar, yendo casi a la misma dirección. Verla fue una sorpresa grata, una sensación de alegría cálida me invadía, grité su nombre varias veces porque había mucho ruido  en la calle. Cuando por fin se da cuenta de mi voz, me devuelve la mirada junto con un grito que expresaba la misma sorpresa que yo tenía. Estaba muy nervioso al hablar con ella, no pude evitar abrazarla en diferentes momentos de ese breve encuentro, y tampoco evité en decirle lo feliz que me ponía verla otra vez. Inevitablemente tenía una sonrisa de oreja a oreja, incluso luego de despedirme.

El resultado que tuve, al tener presente este recuerdo tan vívido y al lado el eterno retorno, fue darme cuenta que debí de haber mirado más a sus ojos y su sonrisa. Esto último es lo que retorna de aquello que infinitamente podríamos revivir con la imaginación: lo distinto en afirmación. Retorna como resultado lo que afirmamos de cómo sí nos gustaría que fuera nuestra vida con el propósito de que se convirtiera en un recorrido valorado.

Deleuze (1965/2019) lo expone de la siguiente manera:

“El verdadero jugador hace del azar un objeto de afirmación, […] el juego del eterno retorno. Regresar es, precisamente, el ser del devenir, lo uno de lo múltiple, la necesidad del azar. Por eso hay que evitar hacer del eterno retorno un retorno de lo mismo. Sería desconocer la forma de la transmutación, y el cambio en la relación fundamental. Puesto que lo mismo no preexiste a lo diverso. Lo que regresa no es lo mismo, puesto que el regresar es la forma original de lo mismo, que se dice solamente de lo diverso, de lo múltiple, del devenir. Lo mismo no regresa, solo es lo mismo el regresar de lo que deviene” (p. 34).

Vayamos despacio. Lo que propone este autor francés es dejar de pensar al eterno retorno como un ciclo sinsentido, y enfocarnos en eso que ocurre en la interacción entre nosotros y el ejercicio que propone el autor alemán. En pocas palabras, el eterno retorno podría ser tratado como un ejercicio de selección, pero ¿qué seleccionamos? La selección es lo que afirmamos. Más bien, el eterno retorno es doblemente selectivo, porque afirmamos aquella acción que queremos de tal modo que quisiéramos que se repita eternamente. Quiero aquello de tal forma que quiero que sea eterno.

Aunque esta selección no sólo es afirmativa, sino que además expulsa aquello que es negativo. Es decir, seleccionamos lo que afirmamos para nuestra vida y expulsamos aquello de lo que no estamos de acuerdo. Al momento de seleccionar algo, otra cosa es dejada de lado.

El francés ofrece una interesante metáfora para entender la afirmación y la expulsión:

“El eterno retorno debe ser comparado a una rueda; pero el movimiento de la rueda está dotado de un poder centrífugo que expulsa lo negativo. […] Expulsa de sí todo lo que contradice la afirmación” (p. 35).

En el eterno retorno, la afirmación de lo que uno desea para la vida posee una fuerza semejante a la magnitud en que se expulsa lo que uno rechaza para sí misma. En el caso personal anterior, al seleccionar con afirmación “ver más a los ojos de mi amiga” expulso con la misma fuerza esas instancias donde me veo mirando para otros lados. Esto es, lo que se expulsa es lo que contradice la afirmación, de ahí su carácter negativo. Es imposible mirar a los ojos y a la vez mirar el piso con la misma atención. La selección es una afirmación por pertenecer aquello de lo deseable, de lo valorado por uno mismo. Mientras que la expulsión es lo contrario a lo deseable y valorado.

Antes de introducirlos al siguiente apartado donde explicaré en términos científicos qué quiere decir esta interpretación, me gustaría hacer una aclaración para aquellas personas que conozcan el trabajo del filósofo bigotudo alemán y no les agrade la interpretación del francés.

Considero que la interpretación que hace Deleuze se trata de contemplar el dilema del eterno retorno, no como una interpretación fiel a lo que ocurre en la narrativa de Nietzsche (lo que podríamos llamar como un análisis intra-sistema), sino que Deleuze se enfoca principalmente en la interacción que tiene el lector con el dilema (lo que podríamos denominar como análisis inter-sistema —el lector y la obra, más no la obra en sí misma).

Esto permite considerar la manera en que la obra puede influenciar al lector. O sea, una interpretación enfocada en el resultado que ocurre cuando la obra se encuentra con otro lector, pero no es una interpretación que se preocupa por la coherencia interna de la obra. Una interpretación que trata a la obra como un sistema abierto en constante interacción.[1]

¿Qué es eso de seleccionar? — Procesos evolutivos

Ahora bien, hay chances de que algunas personas estén teniendo emociones encontradas al ver que en este artículo utilizo al autor francés en algo tan ajeno como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). Es entendible. Por esta razón, les ofrezco un intento de traducir lo que dije arriba en un vocabulario que probablemente un terapeuta conductual conozca. Mi intención de acá en más será intentar mostrar cómo el eterno retorno puede ser pensado como un ejercicio de selección de conductas guiadas a valores.

Pero ¿a qué nos referimos específicamente con selección? Dentro de la Terapia Basada en Procesos (TBP), un metamodelo que intenta integrar modelos terapéuticos bajo mismos principios, postula que —a grandes rasgos— todo evento psicológico podría entenderse a través de los tres principios evolutivos: selección, variación y retención.

En primer lugar, La selección es un proceso evolutivo donde lo que se selecciona es todo aquello que suponga un éxito productivo en términos de adaptación, ya sea en el área marítima, la supervivencia o la capacidad de competencia. En el ámbito comportamental, la selección de ciertas conductas sobre otras ocurre a través de las consecuencias que tienen un efecto reforzante, porque le permite a ese determinado organismo adaptarse particularmente a ese contexto que lo rodea en ese momento.

Muchas conductas que hoy se califican como “desadaptativas” fueron, en algún momento, funcionales dadas las condiciones en las que ese organismo se desarrolló; de allí la importancia de considerar la historia de selección individual. Una misma pauta conductual puede resultar adecuada en ciertos contextos y disfuncional en otros, no por un cambio en su forma, sino por una variación en las contingencias que la rodean. Por ejemplo, en algunos contextos culturales hacer ruido al comer sopa es una conducta socialmente reforzada, mientras que en otros es sancionada.

Lo central es que el significado de la conducta no hace que ésta cambie, sino que el cambio se logra a partir de las condiciones bajo las cuales esa conducta produce nuevas consecuencias. La selección es, por definición, relativa a contextos específicos. Por lo tanto, no existen conductas seleccionadas por su mera forma, ni conductas intrínsecamente adaptativas o desadaptativas: lo que se selecciona siempre es aquello que ocurre entre la conducta y el entorno.

En segundo lugar, la variación es un proceso indispensable de la evolución, implica el aumento de las posibilidades que tiene un organismo de comportarse en un contexto determinado. Todo organismo que tenga un repositorio estrecho de conductas probablemente tenga problemas a la hora de adaptarse a su contexto. Esto comúnmente llamado rigidez o inflexibilidad. Cuando las posibles conductas a desplegar son siempre las mismas, no queda lugar a la sorpresa de que ocurran resultados radicalmente nuevos. En otras palabras, si uno siempre hace lo que siempre hizo, siempre tendrá lo que siempre ha tenido.

Aunque, además de aumentar nuevas posibles conductas, también la variabilidad se trata de aumentar las maneras alternativas en que una conducta se relaciona con su entorno. Por lo tanto, esta última refiere a una variabilidad enfocada más en la función que en la forma. Esto es debido a que no necesariamente una conducta nueva corresponde a una nueva función.

Un ejemplo de variabilidad morfológica podría ser dejar de fumar tabaco para empezar a inyectarse fentanilo cuando uno tiene que afrontar la aparición de ciertos pensamientos desagradables sigue siendo igual a nivel funcional: evitar experiencialmente eventos privados. En cambio, un ejemplo de variabilidad funcional es cuando sentimos con apertura todas las emociones, incluyendo aquellas desagradables o culturalmente reprochadas.

En el primer ejemplo, ambas conductas son —en forma— radicalmente nuevas. No obstante, cumplen un mismo objetivo. Mientras que en el segundo ejemplo, la emoción es la misma, lo que se modifica es nuestra forma de actuar ante ella. Por esta razón, todo dispositivo terapéutico estará interesado principalmente en la variabilidad funcional, en lugar de la variabilidad morfológica.[2]

Por último, hay que entender que la selección de aquello que varía de lo anterior es totalmente inútil si no se mantiene en el tiempo. Acá radica la importancia del principio de retención. Uno podría afirmar que una conducta es retenida cuando su frecuencia de ocurrencia aumenta en el tiempo.

Por un lado, una conducta puede retenerse cuando se involucra con específicas consecuencias contingentes y, por otro lado, el contexto socio-cultural puede provocar que ciertas conductas aumenten su probabilidad de ocurrencia por sobre otras. Esto último es lo que se conoce como la competitividad entre conductas. Por ejemplo, una prohibición a nivel moral[3] puede inducir en que ciertas conductas del individuo no ocurran o, en caso de ocurrir alguna vez, sea de baja frecuencia.

Una de las metáforas que más me encantan para pensar la retención es la hoja de papel. Como explican Hayes et al. (2022), “al doblarla, esta recupera fácilmente su estado inicial cuando se suelta; si se dobla varias veces sobre el mismo pliegue, la hoja permanecerá en ese estado de pliegue” (p. 227).[4] Una hoja de papel no necesita de una “memoria” en términos de almacenamiento, las propias condiciones por las que atravesó hace que pierda su estado original.

También puede existir otra metáfora, un poco más dermatológica, como las líneas de nuestras palmas. Las líneas de las manos representan una combinación entre la carga genética y la interacción con el ambiente. La mayoría de nuestras líneas son heredadas genéticamente, no obstante, existe cierta influencia a partir de factores ambientales como la humedad y/o la cantidad de veces que, por ejemplo, apretamos la mano. De ahí esa expresión extraña que dice “no te preocupes tanto, así no te salen arrugas”. La historia inevitablemente dejas huellas.

Valores y procesos evolutivos

En la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), los valores refieren a aquellas brújulas o faroles que nos permiten guiar en nuestro obrar por la vida. Desde la teoría de marcos relacionales (RFT), con un lenguaje más técnico, se trata de marco de jerarquía. En pocas palabras, un marco de jerarquía se trata de una manera de relacionar dos estímulos/eventos en términos de conjunto. Por ejemplo, la categoría “color” es un conjunto que contiene elementos como “azul”, “rojo”, entre otros. Pero jamás contiene elementos como “electricidad” (fenómeno físico), “futuro” (instancia del tiempo) o “mariposa” (organismo vivo).

Aunque los valores pensados como un marco de jerarquía no pretenden mucha cosa. Lo interesante de los valores es que permiten al individuo cambiar la forma en que se relaciona con su ambiente (Dixon et al., 2023). Los valores no son solo un marco de jerarquía, también funcionan como operadores motivacionales. Combinar elementos como “examen”, “ansiedad”, “título”, “coraje” y “valentía” podrían tener un efecto distinto si la combinación fuera “examen”, “ansiedad”, “fracaso”, “éxito”. El hecho de que una combinación de elementos permita que el organismo se comporte diferente con el evento enfocado se conoce como “transformación de la función”.

En otras palabras, los valores tienen la capacidad de modificar la manera en que el sujeto se relaciona con ciertos eventos de su vida. Esto es debido a que la conducta no se restringe estrictamente por las propiedades físicas de un evento, sino que además puede verse influenciada por la forma en que dicho estímulo participa en una red de relaciones. Esto es mucho más largo de explicar, por lo que invito a ver este artículo para más información.

Por ejemplo, un duelo implica la pérdida de una fuente de reforzadores que pertenecen a la interacción con una determinada persona —esta puede ser una amistad, una pareja o un familiar. En momentos de duelo, podría ser difícil para la persona acercarse al ataúd donde yace su cuerpo. Sin embargo, uno podría decirle “toma estas flores, déjalas cerca de él. Es una forma de expresar amor y respeto por aquellos que no están con nosotros”, y ahora esa persona que no quería acercarse en primer lugar, ahora lo hará incluso con ese sentimiento de tristeza. La función en que el sujeto se relacionaba con su entorno fue transformada, modificada.

Cabe mencionar que existen ejercicios terapéuticos donde se exploran valores con tarjetas que contienen definiciones, esto le permite a la persona poder seleccionar palabras que puedan darle sentido a aquellas conductas que ya realiza y esas otras conductas que aún no despliega que podrían ser significativas para su vida. Este ejercicio se conoce como las tarjetas de valores (ACT). Personalmente, dicho ejercicio me recuerda al entrenamiento en tactar emociones, porque involucra tomar prestado palabras para nombrar aquello que aún no está delimitado.

En base a lo dicho hasta el momento, el hecho de que los valores tengan la capacidad de transformar la función de un estímulo es lo que posibilita afirmar que los valores pueden cumplir un rol en la variabilidad funcional, ya que este se refiere a la diferencia en que una conducta se relaciona con el ambiente. También permite la variabilidad morfológico ante preguntas como “además de esta acción que representa este valor, ¿qué otros más podrías hacer?”.

Además, los valores pueden servir como un potenciador en el proceso de selección al permitirle al individuo discriminar entre diferentes conductas en términos de lo que es valorado. Es decir, crear un criterio de selección basado en el sistema valórico del sujeto.

 Todo esto remite a la retención, debido a que los valores pueden aumentar con frecuencia aquellas conductas ya realizadas —pero ahora con el plus de que tienen un sentido verbalizado— y también a las conductas nuevas a la historia personal. Esto último es lo que provoca que muchos autores señalen a los valores como reforzadores intrínsecos del ecosistema comportamental de toda persona. Por ejemplo, “mirar a los ojos” como acción se vuelve más apetitiva de realizar debido a su vinculación con el valor de “afecto” y/o “calidez”.

Resumiendo esta última parte, los valores se trata de un dispositivo poderoso en la clínica dado que puede involucrase de manera versátil a través de principios como la variación por la transformación de la función, la selección por establecer nuevos criterios y la retención al funcionar como reforzadores en el momento de realizar acciones que sean coherentes a éstos.

El eterno retorno como ejercicio de valores

En palabras más clínicas, el ejercicio selectivo de Nietzsche se trata de poder discriminar aquellas acciones que pertenecen o no a nuestro sistema valórico.

En el eterno retorno, la afirmación del Ser se refiere a la coherencia que posee una conducta en relación a los valores establecidos, siendo esta conducta reforzada en su frecuencia de aparición. Mientras que aquellas conductas que son incoherentes al sistema valórico tendrán menos probabilidad de ocurrencia en el futuro, por lo tanto serán expulsadas.

Traduciendo las palabras nietzscheanas, la afirmación y la expulsión remiten a la competencia de las conductas en el espacio de posibilidades de un organismo.

Finalmente, lo que vuelve del eterno retorno no es la repetición de lo mismo, sino la repetición de lo diferente. Esto es debido a que el ejercicio posibilita la variabilidad, ya sea pensando en nuevas conductas o relacionándose de otra manera con la conducta desplegada en ese momento. A saber, el eterno retorno ofrece un nuevo contexto a ese recuerdo que uno está contemplando, lo cual permite transformar la función de ese evento privado —acá la importancia de especificar que se debe recordar en paralelo al dilema del eterno retorno. Esta transformación puede involucrar aumentar aún más la probabilidad de ocurrencia de que suceda esa acción o quizá disminuirla. Sea el caso que fuere sigue siendo diferente a lo anterior. Nunca lo que vuelve del eterno retorno es lo idéntico, sino lo diferente.

A modo de facilitar una posible interacción con un consultante usando el eterno retorno, ofrezco el siguiente esquema:

Aclaración: este formato puede ser tanto en sesión como una tarea.

  1. Selección de recuerdo: pedir al consultante que elija un recuerdo reciente o viejo, aunque vívido.
  2. Anclar al eterno retorno: invitar a imaginar que ese episodio se repetirá eternamente, exactamente igual. Ejemplo verbal: “¿Aceptarías que la manera en que te desenvolviste en ese momento se repitiera una y otra vez para siempre?” o “Imagina que vivieras ese evento que te ocurrió en un bucle eternamente, ¿Cómo te hace sentir esa idea?”.
    También pueden presentar esta versión abreviada del eterno retorno: “Si un demonio te anunciara que vivirás tu vida exactamente igual, una y otra vez, por la eternidad. ¿Lo sentirías como una terrible maldición o como un regalo inesperado? Repetirás cada error, cada gesto, cada decisión, cada acción”.
  3. Evaluación valórica: pedir al consultante identificar qué aspecto de ese recuerdo acepta que se repita (la afirmación en términos de valores implicados) y qué aspecto quisiera que no se repita (la expulsión de lo que contradice sus valores). Posible verbalización: “¿Qué es lo que mantendrías de ese momento? ¿Qué es lo que sacarías? Ahora bien, eso que afirmaste mantener, ¿lo quieres tanto como para querer que se repita un número infinito de veces?” o “¿Qué acción, postura o decisión estarías dispuesto a sostener eternamente? ¿Qué resulta incompatible con la vida que queres sostener?”.
  4. Variación funcional: pensar en otras acciones coherentes que el consultante sí estaría de acuerdo en repetir eternamente.
  5. Plan de retención: en lo posible identificar contingencias naturales y sociales que devengan de dichas conductas alternativas coherentes a los valores. De ser necesario, especificar pasos concretos y su respectivo contexto donde pueda practicar dichas conductas.

Podríamos aplicar este mismo esquema al ejemplo personal proporcionado:

  1. Selección de recuerdo: reencuentro breve con una amiga
  2. Respuesta al eterno retorno: se afirman varias de las acciones desde la cercanía y la apertura afectiva, como el abrazo y sonreír. Aunque se expulsa la forma en que se desvía la mirada.
  3. Variación funcional: en otros encuentros, “sostener la mirada a los ojos” como posible acción concreta dirigida al valor de la cercanía o afecto.
  4. Plan de retención: practicar con otras amistades sosteniendo la mirada, mejor si es en situaciones similares a la anterior donde hubo cierta sensación de nervios. Tener en cuenta que esa acción remite a un valor concreto.

Desde una perspectiva clínica, el eterno retorno podría funcionar como un discriminador contrafáctico de gran potencial, ya que permite seleccionar aquellas conductas —diferentes o no— que puedan ser retenidas según sus valores. Aunque, por supuesto, hay que tener cautela con aquellas personas que interpreten este ejercicio de manera literal.  Además de proveer un espacio que no invite a una rumiación innecesaria, de ahí postular objetivos específicos a la hora de utilizar este ejercicio.

Por las razones desplegadas en este artículo, considero que el eterno retorno de Nietzsche —desde la interpretación deleuziana— es coherente y plausible de integrarse con el modelo de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) basándose en los principios evolutivos impulsados por la Terapia Basada en Procesos (TBP).

“La repetición en el eterno retorno consiste en pensar lo mismo a partir de lo diferente. Pero este pensamiento ya no es, en absoluto, una representación teórica [o abstracta]: opera [pragmáticamente] una selección de las diferencias según su capacidad de producir, es decir, de retornar o de soportar la prueba del eterno retorno” (Deleuze, 1968/2002, p. 79).

En conclusión, el eterno retorno es un posible dispositivo para la clarificación de valores en la terapia. Como ejercicio, promueve la selección intencional de conductas coherentes a los valores, fomenta la variación funcional y facilita la retención de aquellas conductas que cumplan el sistema valórico. Su potencial clínico radica en su capacidad de transformar una imagen imaginaria en una operación pragmática: elegir qué repetir y qué expulsar, creando así pasos concretos para hacer sostenible una vida que valga la pena.

Handout clínico: Eterno retorno para valores.

Referencias:

  • Deleuze, G. (2002). Diferencia y repetición (M. Silvia Delpy, Trad.). Amorrortu. (Trabajo original publicado en 1968)
  • Deleuze, G. (2019). Nietzsche. (Ires, P. A., Trad.) Buenos Aires: Cactus. (Trabajo original publicado en 1965).
  • Dixon, M. R., Hayes, S. C., & Belisle, J. (2023). Acceptance and Commitment Therapy for Behavior Analysts: A Practice Guide from Theory to Treatment (1st ed.). Routledge. https://doi.org/10.4324/9781003250371
  • Hayes, S. C., Monestès, JL., & Wilson, D. S. (2022). Principios evolutivos para la psicología aplicada. En S. C. Hayes & S. Hofmann (Eds). Hacia una Terapia Basada en Procesos (TBP). Editorial Tres Olas, Buenos Aires.
  • Nietzsche, F. (2002). La gaya ciencia, Madrid: https://www.librear.com (Trabajo original publicado en 1882)
  • Ruido, P. G. (2020) Eterno Retorno de Nietzsche Hacia una nueva interpretación relacionada con la esperanza por lo Nuevo, Acheronta, 5, 134-155.

[1] No tengo las respectivas citas del autor francés, pero creo recordar que él mismo advertía no tomarnos literalmente el dilema y tomarlo como un ejercicio del pensamiento.

[2] Por supuesto, cuando el dispositivo está orientado a generar y mantener acciones involucradas a aquello que el consultante aprecia y anhela, ahí tenemos un foco en la variabilidad morfológica cumpliendo una misma función. Pero lo central a promover como variación está en la funcionalidad, luego en la morfológica.

[3] Entiendo moral por regla verbal que es impuesta socialmente, mientras que lo ético es aquella regla verbal construida por el individuo en base a su historia particular. Esta distinción es heredera de la filosofía de Baruch Spinoza.

[4] Estas expresiones provocan que derive en pensar la posible conexión entre esta manera de entender la historia y la virtualidad propuesta por Bergson. De hecho, tengo un artículo donde intento hacer esto.