Del índice al símbolo: Control conductual y Semiótica


En el libro Signos: introducción a la semiótica, Thomas Sebeok (1994/1996) sostiene que, en el experimento clásico de Pavlov, el sonido asociado a la comida puede considerarse un símbolo. En sus palabras:

 “O en virtud de una contigüidad habitual, convencionalmente atribuida, el referente podría ser simbólico, como sucede en el caso del perro experimental del paradigma de Pavlov, en donde el sonido de un metrónomo se convierte en un símbolo asociado arbitrariamente (un reflejo condicionado) con el alimento seco” (Sebeok, 1994/1996, p. 128. Énfasis propio).

Mi reacción más académica ante esto fue: ¿QUÉ? ¿LA CAMPANA DE PAVLOV ES UN SÍMBOLO? Por supuesto, con el diario del lunes siendo un conductista formado en la teoría de marcos relacionales (TMR, o RFT en inglés), me parece extrañísimo que se plantee que la campana en ese contexto sea un símbolo en lugar de otro tipo de signo. De hecho, esta misma observación lo vi en otro artículo sobre semiótica, esta vez en referencia a René Thom:

“Para Thom (1980b, p. 194), en particular, si aceptamos la opinión de Peirce de que «la esencia del símbolo es estar en el futuro (esse in futuro)», los símbolos pueden entenderse como resultado de una inversión temporal. Para ilustrar esta inversión temporal, Thom recurre al experimento del perro de Pavlov.

Suponiendo que el sonido de la campana es el signo (en el experimento de Pavlov), Thom argumenta que «el significado […] puede identificarse con la totalidad de reacciones que provoca en el sujeto intérprete» (Thom, 1980b, p. 199). Incluso en la ausencia de la forma originalmente inductora (la carne), el perro saliva y, por lo tanto, el sonido de la campana adquiere un valor simbólico: «la carne lleva a la satisfacción total, mientras que la campana sola, después de un placer anticipatorio, lleva a la frustración por la ausencia de una reacción esperada» (Thom, 1980b, p. 199)” (Araujo, 2024, p. 12. Énfasis propio).

Podría pensarse que estas formulaciones buscan ofrecer una explicación intuitiva del símbolo como tipo de signo.[1] Sin embargo, el costo conceptual es alto: si la campana de Pavlov es un símbolo, entonces también habría que admitir que el perro posee capacidades simbólicas. Esta tesis, aunque probablemente no intencional, borra una distinción fundamental entre aprender por contingencias directas y participar en un sistema de relaciones arbitrarias reguladas por una comunidad verbal.

El objetivo de este artículo es examinar críticamente esta afirmación sostenida por ambos autores. Para ello, propongo revisar los conceptos clásicos de la semiótica —índice, ícono y símbolo— desde una perspectiva analítica-funcional. En otras palabras, dado que la semiótica tiene como objeto de estudio cierto rango de conductas de organismos, cabe la posibilidad de pensar posibles mecanismos subyacentes (procesos de aprendizaje) que estén involucrados en la triada semiótica.[2] En particular, intentaré responder tres preguntas:

¿Qué sería un indicador en términos de análisis funcional?, ¿por qué Sebeok y Thom consideraron como simbólica la campana de Pavlov?, y ¿es defendible esa caracterización a la luz de la investigación conductual contemporánea?

Lo básico: ¿qué es un signo?

La noción de signo se trata de un concepto abarcativo que involucra desde objetos, pasando por eventos, hasta constructos. No obstante, según Peirce, existen tres tipos de signos que se diferencian por el efecto particular que tiene sobre un organismo: el índice, el ícono y el símbolo (Jacobs, 2020). En este sentido, un signo es aquello que orienta la conducta de un organismo hacia alguna disposición o característica relevante de su entorno. Esta última definición hace que autores como Place (1995) considere que todo signo es un estímulo discriminativo, pero de esto volveremos en detalle más adelante.

Todo índice —también llamado indicador o elemento indexical—representa a un objeto por su efecto causal en un contexto dado. Se trata de un signo que señala la posible existencia de una entidad concreta. Las huellas en el suelo constituyen un ejemplo paradigmático: informan sobre la presencia de un organismo a partir de los efectos que este produjo en el entorno  (DeLanda, 2021). Un explorador es capaz de discernir entre huellas de oso, ardilla, humano y una larga lista de organismos. De hecho, existen animales que crean huellas falsas en el suelo para proveer información errónea al depredador para que éste se dirija hacia un camino diferente al suyo, y de esa forma estar a salvo.[3] Por esta razón, los indicadores suelen estar descriptos por su contigüidad. Esto es, por su relación temporal o física entre un evento y otro (Dickins y Dickins, 2001).

El ícono se trata de un signo en función de la similitud que éste tenga con un objeto específico, se basa en términos de semejanza (DeLanda, 2021). En palabras técnicas, un ícono es isomorfo con el objeto que representa. La conocida frase “el mapa no es el territorio” no niega la utilidad del mapa, sino que subraya precisamente esta relación de semejanza parcial (Jacobs, 2020). Diagramas, ilustraciones y fotografías son ejemplos típicos de iconicidad visual, pero también existen íconos auditivos, como la imitación del canto de un ave o los surcos de un vinilo, cuya estructura física guarda una correspondencia directa con el sonido que producen.

El símbolo, por último, se distingue de los anteriores porque su función no depende ni de la contigüidad ni de la semejanza, sino de convenciones sociales. Un símbolo es un signo cuyo uso se mantiene y modifica dentro de una comunidad verbal, y es precisamente esta mediación social la que permite reconocer la característica de arbitrariedad. El símbolo no remite necesariamente a eventos presentes en el entorno local, sino que puede reorganizar la conducta en ausencia de su referente físico.

Desde esta distinción, suele afirmarse que tanto el índice como el ícono son signos naturales: su existencia no depende de la capacidad lingüística ni de prácticas simbólicas humanas. En este sentido, ambos preceden filogenética y ontogenéticamente a la simbolización propiamente dicha, que emerge solo en un contexto de comunidades verbales.

Lo pre simbólico, un paso atrás

Para dar cuenta de una instancia previa a la simbolización propiamente dicha, Gary Tomlinson (2018) introduce el concepto de hyperindexicality (hiperindexicalidad). Este concepto no refiere solo a la acumulación de índices, sino a una situación en la que los indicadores dejan de estar estrictamente atados a su anclaje causal inmediato y comienzan a ser reutilizados, simulados o recontextualizados, produciendo efectos nuevos en el entorno. Se trata de un estadio pre-simbólico en el que los índices operan como recursos instrumentales capaces de generar un control conductual más flexible, habilitando nuevas posibilidades de acción.

Un ejemplo tierno e ilustrativo es la capacidad que tienen los gatos de llamar la atención de los humanos, denominado —por expertos en animalitos— como solicitation purr (ronroneo de solicitud). Este comportamiento aparece en un contexto bien delimitado —un gato hambriento, un humano disponible y una comida accesible— y presenta una característica acústica particular: según McComb et al. (2009), ese ronroneo incorpora una frecuencia similar a la que emite un infante humano cuando llora (aprox. 220–520 Hz).

Este sonido no funciona como un símbolo ni como un ícono en sentido estricto. Se trata de un índice acústico que se aprovecha de una sensibilidad filogenética en donde adultos humanos responden hacia señales asociadas al cuidado de crías. El punto clave es que este índice no aparece aislado: el gato lo inserta en su repertorio vocal y en una secuencia interactiva específica. El gato reconoce que luego de la emisión de ese sonido llega la atención del humano y, eventualmente, la comida. De este modo, reproducir una frecuencia acústica similar a la del bebé llorando se vuelve una forma novedosa de ser alimentado. En términos más coloquiales: el gato se reapropia del llanto para conseguir un reforzador. Qué gato manipulador.

La comparación con el llanto del bebé humano se vuelve aún más interesante cuando tenemos en cuenta que, desde el análisis de la conducta verbal, dicho llanto puede conceptualizarse como un mando. Skinner (1957/1981, p. 50) define el mando como una respuesta caracterizada por la relación funcional que mantiene con su reforzador específico dentro de una comunidad verbal, al punto de que puede decirse que el mando “especifica” su propio reforzador. El bebé llora por comida.

Morfológicamente, la secuencia del bebé y la del gato son notablemente similares: bajo una operación motivacional (hambre), se emite una vocalización particular, esta provoca una respuesta en el adulto humano y dicha respuesta permite el acceso al alimento. Sin embargo, esta similitud secuencial no implica que el gato esté emitiendo un mando ni que participe de una conducta verbal. Lo que sí permite afirmar —y acá es donde entra Tomlinson— es que el gato despliega una capacidad pre-simbólica de reorganizar índices, generando una conducta operante que es funcionalmente análoga a un mando, pero que no pertenece al dominio del lenguaje.

Esta similitud no autoriza a concluir que el gato está emitiendo un mando ni que está participando de una conducta verbal. La diferencia crucial es que el gato no pertenece a una comunidad verbal: su conducta no es moldeada hacia otras formas arbitrarias de comunicación ni está sujeta a prácticas normativas de corrección, expansión o recombinación simbólica.

Precisamente por eso, el solicitation purr constituye un ejemplo particularmente claro de hiperindexicalidad: un índice (el bebé qué llora) que, al ser recontextualizado (el gato que maúlle), produce un efecto emergente de control social sin convertirse en un símbolo. El control que ejerce sobre la conducta humana es instrumental y oportunista, más no lingüístico.

Aclaraciones del índice

A lo largo de la obra de Peirce, se pueden rastrear distintas concepciones o principios que el autor le adjudica a los indicadores (Atkin, 2005, p. 164):

  1. Contigüidad física / causalidad: la conexión índice–objeto descansa en un vínculo material o procesual. Por ejemplo, humo ← incendio; huella ← agente.
  2. Independencia del intérprete: la relación persiste aunque no haya interpretación humana; es parte del “mundo”. De ahí la idea de pensar al índice como signo natural (DeLanda, 2021).
  3. Singularidad referencial: todo indicador remite siempre a un objeto particular, jamás a un conjunto universal o abstracto.
  4. Función indicativa (no descriptiva): el índice muestra o apunta —no describe ni predica propiedades complejas—; su interpretante inicial es la simple inferencia de presencia/ausencia. En otras palabras, redirige la atención del organismo.
  5. No convencionalidad: su validez no depende de acuerdos sociales (aunque la interpretación cultural puede enriquecerla).

El hecho de que Peirce afirme la independencia del intérprete, y con ello cierta indiferencia de lo que exclame la comunidad verbal, es lo que entendemos hoy en día como la incontrolabilidad verbal de una entidad (Chang, 2022).

Por ejemplo, la voz privada con la que estás leyendo este texto quizá sea morfológicamente idéntica a tu voz pública. Sin embargo, su expresión puede modificarse deliberadamente: puedes sustituirla por la voz de Alf o de Homero Simpson. Esto muestra que el fenómeno de la voz interna es verbalmente controlable, porque su naturaleza es la misma: verbal.

Sin embargo, hay fenómenos que no pueden ser controlados verbalmente, aunque sí enmarcados con palabras. Por ejemplo, tocar cables de alta tensión mientras exclamas “soy indestructible, nada puede contra mí”. En este caso, enmarcar esta acción con palabras que hacen referencia a la inmortalidad no hace que tu cuerpo no sufra los efectos al momento de recibir electricidad de alto voltaje. Enmarcar la acción con lenguaje no altera la relación causal subyacente.

Todo indicador muestra o apunta a una conexión entre ese índice y la existencia de ese objeto que lo causó. Por lo tanto, todo indicador —dado que no pertenece al dominio simbólico— remite a una relación causal. Sin embargo, hay que esclarecer que no existe una única forma de causalidad, como muchos autores suelen mencionar.

El más conocido suele ser la causalidad lineal por su fórmula ideal: “la misma causa, el mismo efecto, siempre”. En pocas palabras, la linealidad remite a tres dimensiones: la direccionalidad, la proporcionalidad y la necesidad. Dentro de las causalidades de tipo no lineal, tenemos tres versiones que representan la contraparte de cada una de estas dimensiones:

  • La causalidad recíproca se basa en la bidireccionalidad de dos eventos que se afectan mutuamente;
  • la causalidad catalítica remite a que no toda proporción de la causa es igual al tamaño del efecto. Pequeñas variaciones en la causa pueden producir grandes efectos, y viceversa;
  • la causalidad probabilística considera que las mismas condiciones ambientales no provocan siempre los efectos anteriormente observados. Es decir, la ocurrencia de un fenómeno no se debe necesariamente ante la presencia de las condiciones ambientales con las que este fue asociado en primer lugar (DeLanda, 2024).

En resumen, los índices efectivamente apuntan a una conexión causal entre el índice y su objeto, pero dicha conexión no debe reducirse a los supuestos de la causalidad lineal (unidireccionalidad, proporcionalidad estricta y necesidad). Es necesario considerar alternativas que incluyan bidireccionalidad, desproporción o probabilidad.

Un último punto a clarificar, aunque de gran sutileza conceptual, es a qué nos referimos cuando se afirma que un índice “muestra” o “apunta” una conexión causal al organismo. Esta expresión no debe entenderse en términos de transmisión de información ni de representaciones internas. El índice no dice nada, pero ¿qué es lo que sí ocurre?

El psicólogo ecologista, James J. Gibson (1979/1986),  propone el concepto de affordance que refiere a las posibilidades de acción que un entorno ofrece a un organismo en función de las condiciones contextuales, el estado del organismo y sus capacidades efectivas de acción.

Los affordances no son propiedades subjetivas ni convenciones sociales aprendidas, sino disposiciones que emergen de la interacción entre el organismo y el ambiente físico (y, cuando corresponde, social). Una superficie inclinada, un objeto puntiagudo o una fuente sonora no “significan” intrínsecamente algo, pero sí restringen las posibles conductas que pueden ser desplegadas en co-presencia del organismo. En otras palabras, canalizan o habilitan ciertas tendencias comportamentales, reduciendo así que otras conductas ocurran. Un indicador no provoca que aparezca una conducta por portar un significado, sino que altera el paisaje de posibilidades de acción del organismo en su entorno (Killeen y Jacobs, 2016, p. 17).[4]

La semiótica bajo la óptica conductista

Hasta acá se realizó un recorrido por distintos conceptos clave de la semiótica. La tarea actual consiste en explorar una posible reinterpretación analítico-funcional de dichos conceptos. Esto implica rechazar explícitamente la idea de que los signos posean propiedades intrínsecas o definitivas —ya sean indicativas, icónicas o simbólicas— y asumir, en cambio, que su estatuto depende siempre de la función que cumplen en la relación entre un organismo y su ambiente.

En este marco, un signo podría considerarse como un estímulo (o evento) que tiene la capacidad de modificar la probabilidad de una respuesta o conducta, ya sea por medios filogenéticos, ontogenéticos (de aprendizaje con la experiencia directa) o sociales. Esta reformulación permite establecer posibles equivalencias conceptuales —aunque sin ser estrictamente iguales— entre los conceptos peirceanos y los diferentes modos de control conductual.

Los indicadores pueden entenderse como estímulos que ejercen control por relaciones no arbitrarias, ya sea por contigüidad temporal, causal o regularidades en el ambiente. En términos conductuales, un indicador no remite a un mecanismo o principio de aprendizaje específico, sino al resultado funcional que dicho principio de aprendizaje produce. Es decir, un índice no depende de si emerge del condicionamiento respondiente u operante, sino por su capacidad de señalar la aparición, ausencia o probabilidad de un evento relevante. Por esta razón, no totalizaría al índice en términos de estímulos discriminativos como afirma Place (1995). La idea central de este recorrido está en la búsqueda de procesos subyacentes a estos.

Habiendo dicho eso, los estímulos condicionados pueden funcionar como indicadores. En el caso del condicionamiento respondiente —de carácter excitatorio o inhibitorio— el estímulo adquiere una función indicativa, ya que “señala la presentación de un EI (EC+) o que un EC señala la ausencia del EI (EC-)” (Domjan, 2010/1982, p. 35). Por ejemplo, una señal de seguridad —como una luz verde que indica que no habrá descarga— es un indicador al señalar la ausencia de un evento aversivo.

Sin embargo, esta función de señalamiento no es exclusivo del condicionamiento clásico. Los estímulos discriminativos del condicionamiento operante también cumplen un rol indicativo, porque un estímulo discriminativo “señala la posibilidad de obtener unas consecuencias determinadas, mientras que en su ausencia no se pueden obtener dichas consecuencias” (Froxán Parga, 2020, p. 154; ídem, p. 159). Por ejemplo, la palanca en la caja de Skinner funciona como un indicador porque su presencia señala que si es presionada dará comida, en cambio su ausencia anuncia que no tendrá dichas consecuencias. La caja skinneriana como caja de indicadores.

En otras palabras, los indicadores pueden ser entendidos como estímulos condicionados que señalan la presencia o ausencia de estímulos incondicionados. Aunque, a la vez, un indicador puede ser un estímulo discriminativo que señala un procedimiento de reforzamiento (estímulo discriminativo positivo o Ed+) o éste puede indicar un posible procedimiento de castigo o extinción (estímulo discriminativo negativo, estímulo delta E∆ o Ed-).

Incorporar la óptica conductista al análisis de indicadores permite no sólo distinguir el mecanismo de adquisición (o principio de aprendizaje) detrás de un determinado indicador. Sino además el despliegue de múltiples niveles analíticos, dependiendo de cómo está controlada la conducta del organismo. Esta pluralidad de análisis evita la reducción de los indicadores a una sola clase funcional como, por ejemplo, a meros reflejos.

Los íconos pueden analizarse como estímulos cuyo control sobre la conducta depende de relaciones de semejanza con otros eventos del entorno o con patrones de acción. A diferencia de los símbolos, su efecto no se basa en convenciones sociales ni en relaciones arbitrarias, sino en propiedades compartidas. Desde esta perspectiva, la iconicidad remite a un control no arbitrario, dado que se establece como aprendizaje a partir de características concretas presentes en el ambiente.

Esta última caracterización permite identificar procesos conductuales que pueden dar lugar a íconos como, por ejemplo, la generalización de estímulos y la imitación. 

Por un lado, la generalización de estímulos refiere a la ocurrencia de respuestas similares ante diferentes estímulos que comparten ciertas propiedades. Tal como explica Froxán Praga (2020), “cuando un estímulo A adquiere cierto control sobre una respuesta, puede ocurrir que haya un estímulo B que comparta ciertas características con A y, debido a su similitud, adquiera también algún control sobre la respuesta, sin que haya habido ningún tipo de emparejamiento” (p. 111). De esta manera, la generalización de estímulos es un gran candidato para explicar íconos como el retrato de la Mona Lisa o el deslizamiento de una moto, originalmente visto en la película Akira.

Por otro lado, la imitación refiere a cuando “una conducta duplica algunas propiedades de la conducta de un modelo. La imitación no requiere necesariamente una correspondencia entre las características de los estímulos. Por ejemplo, cuando un infante imita la mano levantada de otra persona, la posición del bebé tiene dimensiones estimulares distintas a la posición del otro miembro” (Catania, 2013, p. 445). Este proceso, diferente al anterior, permite entender aquellas conductas icónicas que pueden llegar a aparecer en un contexto, por ejemplo, imitar el paso de Michael Jackson.

Finalmente, el símbolo es el único signo que no requiere una traducción conceptual arriesgada, dado que es un concepto explícitamente trabajado en la literatura de la Teoría de Marcos Relacionales (Hayes et al., 2001) y otras líneas de investigación afines.

Desde la investigación contemporánea, el símbolo se define como un estímulo que no depende de características semejantes ni de emparejamientos, sino de su participación en un campo de relaciones arbitrarias mantenidas por una comunidad verbal que regula, corrige y extiende su uso.

Existen diferencias entre enfoques como la Teoría de Marcos Relacionales, el proceso de nombramiento y la equivalencia de estímulos. No obstante, esta diferencia no es fenoménica, sino más bien teórica. Una disputa teórica por preguntarnos si el símbolo emerge de las contingencias, si requiere mediación verbal, o si establecen operantes relacionales generalizados (Regaço et al., 2025). Más allá de estas diferencias —aunque predomina la perspectiva RFTiana— la clave es concebir al símbolo como un tipo de control conductual distinto al indicador e ícono. Los símbolos permiten que el organismo adquiera funciones nuevas sin entrenamiento directo gracias a estar insertados en una comunidad verbal. En caso de que desees leer más sobre RFT, te recomiendo este artículo.

Símbolos con función icónica o indicativa

Cabe agregar que ciertos marcos relacionales pueden producir efectos funcionales análogos a los de índices o íconos, aunque por vías simbólicas. Por ejemplo, los marcos de causalidad o temporalidad permiten que un estímulo controle la conducta como si señalara una contigüidad, aun cuando dicha contigüidad no esté presente ni haya sido directamente observada. Del mismo modo, el marco de coordinación puede generar efectos de semejanza entre estímulos sin que exista una similitud física entre ellos.

En estos casos, no se trata de índices o íconos en el sentido estricto, sino de funciones indicativas o icónicas mediadas por un campo de relaciones arbitrarias propias del dominio simbólico. Por ejemplo, un marco de causalidad podría ser “si piso las líneas blancas de la calle, toda mi familia se muere”; un marco de coordinación podría verbalizarse como “el brillo de tus ojos es igual al de dos diamantes bajo el planeta Júpiter”. En ambos casos, el control conductual no emerge de relaciones naturales, sino de relaciones simbólicas que simulan efectos típicos de índices o íconos.

Siguiendo el sentido de este análisis, Sebeok (1994/1996) recuerda que “Peirce distinguió tres subclases de iconos: imágenes, diagramas y metáforas” (p. 44). Como dato curioso, Peirce no desarrolló tanto conceptualmente la noción de metáfora, no obstante tenemos un breve registro de ello: “aquellos que representen el carácter representativo de un representamen al representar un paralelismo con otra cosa, son metáforas” (Peirce, 1902, citado en Anderson, 1984, p. 1). Este trabalenguas peirceano señala que una metáfora es aquel paralelismo entre dos eventos enfocándose en una propiedad relevante compartida.

Desde la RFT como teoría contemporánea del lenguaje, podemos preguntarnos si la metáfora es realmente un ícono. Por fortuna, existe una amplia bibliografía sobre qué entendemos por metáfora desde la Teoría de Marcos Relaciones. Una primera distinción pertinente a elaborar es entre una metáfora y una analogía.

Recordemos que los íconos son signos naturales, debido a estar basados en relaciones no arbitrarias. En este marco, es plausible sostener que lo que Peirce denominó “metáfora” se aproxima más a lo que hoy en día se entiende por analogía: un paralelismo entre dos elementos que comparten una característica no arbitraria relevante. Mientras que la metáfora se trata también de un paralelismo entre dos eventos, pero cuya funcionalidad depende de marcos arbitrarios como el marco de coordinación y/o de jerarquía que permiten transferir funciones, por ejemplo, de B a A.

Según Ian Stewart y Dermot Barnes-Holmes (2001, p. 196), una distinción fundamental entre estas dos formas de relación paralela es la direccionalidad. Por ejemplo, la frase “un átomo es como un sistema solar” se trata de una analogía cuyo paralelismo refleja una bidireccionalidad no arbitraria y simétrica: “así como los átomos son como un sistema solar, el sistema solar es un como un átomo” apelando a la idea de órbita. Por el contrario, “los gatos son como dictadores” es un paralelismo asimétrico, porque invertir los términos no provoca el mismo efecto en la función (“los dictadores son como gatos”).

De esta forma, la metáfora es unidireccional y no se basa en propiedades físicas similares, ya que los dictadores no tienen cola, no ronronean, ni frotan sus cuerpos contra muebles u otros cuerpos. En pocas palabras, en la metáfora la transferencia funcional no opera de igual manera al invertir los términos, a diferencia de lo que sí ocurre en la analogía.

Por lo tanto, si quisiéramos corregir respetuosamente lo formulado por Peirce, podría afirmarse que las imágenes, los diagramas y las analogías son íconos en el sentido estricto, dado que se sustentan en semejanzas no arbitrarias. En cambio, una metáfora es un ícono simbólico: un símbolo que simula una función icónica a través de relaciones arbitrarias. Mientras que las analogías son íconos al sustentarse en la semejanza no arbitraria de propiedades relevantes compartidas entre dos eventos como, por ejemplo, un átomo y un sistema solar. La distinción rigurosa está en contemplar el tipo de proceso involucrado.

¿La campana es simbólica? — Conclusión

Una vez armados conceptualmente, resulta difícil sostener que la campana de Pavlov sea un símbolo, tal como lo señalan autores como Thomas Sebeok y René Thom. El sonido de la campana no es arbitrario para el perro: no puede ser sustituido libremente por otro estímulo sin reentrenamiento, no participa de redes relacionales generativas, ni está sujeto a corrección normativa por parte de una comunidad verbal. Decirle al perro “el que salive ante la campana es un huevo podrido” no altera en lo más mínimo su conducta ni respuesta. La salivación está gobernada por un arreglo respondiente, no por una práctica simbólica.

Desde una óptica analítica-funcional, la campana adquiere una función indicativa. Esto es, se trata de un estímulo que señala la aparición de un evento filogenéticamente relevante, la comida. La confusión podría surgir, en parte, por la presencia de un artefacto cultural (la campana) o por la apelación a la idea de “anticipación”. Sin embargo, que el estímulo sea cultural es irrelevante para el perro, y la anticipación conductual no equivale necesariamente a una referencia al futuro en un sentido simbólico como sucede en el marco de temporalidad. El emparejamiento entre la comida y una campana es una decisión experimental por parte de Iván Pavlov, no una operación simbólica del perro.

Confundir condicionamiento con simbolización no amplía la explicación del lenguaje, sino que borra una distinción clave entre aprender por contingencias directas y participar en un sistema social de relaciones arbitrarias. Este artículo no pretende totalizar la semiótica desde el análisis funcional, sino construir un puente que habilite nuevas líneas de investigación. En particular, propone analizar los signos en función del tipo de control conductual que ejercen sobre un organismo, evitando tanto el reduccionismo fisiológico como la inflación simbólica. El símbolo es un tipo de signo, pero no todo signo es simbólico. Reconocer esta diferencia permite apreciar, desde una óptica conductual, la multiplicidad de indicadores, íconos y símbolos que pueden distinguirse en un contexto dado.

Referencias:

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[1] Cuanto más se repita, más parece que tiene sentido. Pero no.

[2] Considero firmemente que la Era de los Procesos no sólo debe aplicarse a modelos terapéuticos, podría extenderse incluso en líneas de investigación no-clínicas que coincidan en el objeto de estudio. Por ejemplo, la zoosemiótica y el análisis funcional. Este artículo es una expresión de esta idea.

[3] Por ejemplo, las ardillas son capaces de caminar sobre sus pasos, caminar para atrás. Esto les permite crear huellas y volver por el mismo camino que crearon para luego crear otro distinto.

[4] Como dato de color, Killeen y Jacobs en ese paper proponen que es una ilusión la dicotomía entre elicitación (condicionamiento clásico) y emisión (condicionamiento operante). Se trata más bien de un continuo de affordance. Si una conducta es muy probable y ocurre rápidamente, es elicitada (affordance fuerte). Pero si es una conducta poco probable y ocurre de manera lenta, es emitida (affordance débil).


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