Análisis funcional de la coherencia operacional


Hace mucho tiempo que no escribo, volver a esta actividad es difícil —siempre es difícil, incluso siendo rutinaria. Escribir facilita ordenar las ideas, y mis ideas son un tanto caóticas, así que ahí voy. Ojalá estas aterricen en este artículo.

En esta ocasión, me interesa introducir la noción de verdad, o más específicamente, su vínculo con el aspecto epistémico —y en cierto punto, ontológico— de la coherencia. Como siempre, iremos por partes: primero, una breve introducción sobre el concepto de verdad en términos generales; segundo, la perspectiva pragmática, y en particular la del conductismo; tercero, cómo esta mirada se podría relacionar con la idea de coherencia operacional —concepto hecho por Hasok Chang (2022).

Este recorrido sentará las bases para un segundo artículo, donde avanzaré hacia la noción de importancia, articulando la propuesta de Whitehead con el análisis de Redes Causales Complejas (RCC), especialmente con la herramienta de los grados de centralidad.

La verdad como concepto

Como bien explica Esteban Romero (2016) en su artículo Truth and Relevancy, la palabra “verdad” es polisémica, significa muchas cosas. Este autor nos recuerda que existen dos tipos de verdad: verdad ontológica y verdad semántica.

La verdad ontológica refiere a la correspondencia entre los procesos cognitivos —particularmente aquellos que ocurren en el cerebro, como percepciones o anticipaciones— y los procesos físicos externos al organismo. Esto me costó entenderlo en un principio, así que empecemos por un ejemplo: Imaginate estar caminando por la calle, a punto de cruzar, y ver un auto a lo lejos que parece venir a baja velocidad. Sin embargo, al cruzar, el auto te choca porque estaba más cerca o el auto venía más rápido de lo que percibiste. En este caso, tu estado cognitivo-neuronal no coincidió con el estado físico del entorno; por lo tanto, no hubo verdad ontológica.

La verdad semántica refiere a la correspondencia entre las proposiciones y los hechos. A diferencia de la verdad ontológica, esta se ocupa exclusivamente del plano lingüístico, es decir, de enunciados expresados a partir de la conducta verbal. No se trata necesariamente de percibir el color rojo de una manzana gracias a los conos y bastones de tu ojo, sino analizar la proposición “esa manzana es roja” o “aquella manzana está lejos”. La verdad semántica y la verdad ontológica son similares, esto puede generar cierta confusión. Sin embargo, la primera se aplica exclusivamente a las proposiciones lingüísticas, mientras que la segunda se refiere a procesos cognitivos no verbales como la percepción visual, la orientación espacial, el dolor corporal o la capacidad de anticipación.

Dentro de la verdad semántica existen dos sub-tipos: la verdad formal y la verdad fáctica.[1] Por un lado, la verdad formal tiene que ver con la consistencia de una proposición dentro de un sistema lógico. Podría decirse que se trata de una interacción entre proposiciones sin relación empírica, siendo así un sistema constituido por reglas y axiomas. Por otro lado, la verdad fáctica refiere a la relación entre las proposiciones y las observaciones empíricas. O sea, comprender la verdad de una proposición en función de la evidencia que la sustenta. Esto implicaría que toda verdad fáctica es, por lo tanto, aproximada o probabilística. Aumentar el valor-de-verdad de una proposición consistiría en recurrir a la evidencia empírica, ya sea la observación directa o la medición.

En resumen, la verdad formal se enfoca en la consistencia entre proposiciones dentro de un sistema lógico, y la verdad fáctica remite a la verdad como un gradiente, un grado de valor que aumenta o disminuye dependiendo de la evidencia que sustenta una proposición. Mientras que la verdad formal no establece ninguna relación con la experiencia, la verdad fáctica sí es dependiente de las observaciones, las mediciones y los registros.

Pragmatismo y verdad

Para quienes estén familiarizados con el debate filosófico sobre la verdad, y sean conductistas, se habrán dado cuenta de que la exposición anterior se basa en la teoría de la correspondencia, que enfatiza la adecuación entre proposiciones y hechos —en lugar de la utilidad práctica de ciertas creencias/proposiciones sobre otras.

Permítanme explicar brevemente qué es esto de la correspondencia. La tesis de la correspondencia se fundamenta en la idea de que nuestra mente tiene la capacidad de representar el mundo en que vivimos, ya sea una representación hecha por nuestra percepción (verdad ontológica) o a partir de nuestra capacidad del lenguaje (verdad semántica). Si estas representaciones reflejan la realidad, entonces nuestra tarea consistiría en analizar su adecuación o congruencia entre una proposición (una representación) y los estados de los objetos físicos. Dicho de manera bruta, una representación es un espejo, por lo tanto debería ser fiel a imagen y semejanza de la realidad en que vivimos.

No obstante, a los pragmatistas nunca les convenció la teoría de la correspondencia; podríamos decir que les resulta un estímulo verbal bastante aversivo. La idea de que la verdad sea simplemente “un espejo de la realidad” arrastra connotaciones trascendentales: supone un referente fijo, externo e inaccesible a la experiencia. Para William James, por ejemplo, nuestras ideas no tienen la tarea de copiar el mundo, como si fueran fotografías de lo real. Su valor depende más bien de la utilidad práctica que tengan en la experiencia concreta, de si nos ayudan a orientarnos y resolver problemas.

Charles Sanders Peirce también desconfiaba de concebir la verdad como algo por completo ajeno a la experiencia. Para él, si la verdad fuera un punto inaccesible, fuera del alcance de la investigación humana, entonces sería un concepto inútil. En lugar de pensarla como una correspondencia estática, Peirce la entendía como el resultado al que tendería una comunidad de investigación en un futuro ideal: un horizonte regulativo, más no un espejo perfecto de lo que es real.

En paralelo, los conductistas —que heredaron parte de este espíritu pragmatista— tampoco aceptan la idea de que la mente represente el mundo desde “fuera”. Toda conducta ocurre en la interacción entre un organismo y un ambiente físico; no hay comportamiento sin esa relación mínima. Pensar que algo puede quedar “afuera” de ese contexto rompe con la base misma de cómo entendemos el comportamiento. En otras palabras, tanto para el pragmatismo como para el conductismo, no existe verdad ni acción por fuera de la experiencia situada. No hay nada por fuera del contexto.

En rechazo a la teoría de la correspondencia, algunas personas optan por la coherencia. Comúnmente, cuando hablamos de coherencia se suele concebir este concepto como la mera consistencia lógica en un sistema de proposiciones. O sea, la no-contradicción dentro de un conjunto de enunciados (Chang, 2022, p. 42).

De hecho, Esteban Romero, filósofo argentino, no considera que el concepto de “coherencia” sea nuestra mejor herramienta filosófica para entender el problema de la verdad. Esto es, si la verdad es el resultado de la consistencia interna de un sistema de proposiciones, entonces la verdad puede no depender de la experiencia. Otra crítica posible hacia la coherencia, entendida de esta manera, es que no existe sistema lógico posible que sea totalmente consistente en sí mismo. Tal como fue demostrado por el teorema de la incompletitud de Gödel. Esto último implica que cualquier sistema formal, por más complejo que sea, siempre tendrá proposiciones que nunca se demostrarán como verdaderas por el propio sistema, por lo que la coherencia no garantiza la verdad. O dicho de forma metafórica, la coherencia no alcanza todos los rincones de un cuarto.

Ahora bien, los pragmatistas adoptan un sentido de la coherencia ligado a la experiencia, una verdad en relación a nuestra práctica sobre el mundo. Por un lado, para James, lo verdadero es aquello que funciona en la experiencia, una proposición que se sostiene al llevarlo a la práctica y resiste el paso del tiempo. Por otro lado, según Peirce, aquello que es verdadero es lo que la comunidad de investigación sostiene de manera prolongada. En ambos casos, la coherencia no se mide sólo en relación con otras proposiciones, sino con la experiencia, la acción y la posibilidad de verse corroborado al enfrentarnos al mundo.

Pragmatismo actual

Autores como Hasok Chang (2022) reivindican la coherencia como un concepto ligado a los resultados de la acción guiada por una proposición. En lugar de concebirla como mera consistencia interna de un sistema, Chang propone el concepto de coherencia operacional.

Según este autor, la concepción pragmatista de la verdad en William James puede entenderse en tres aspectos fundamentales. En primer lugar, la verdad está vinculada a la experiencia práctica: una idea se considera verdadera en la medida en que sus instrucciones o reglas producen resultados satisfactorios. En segundo lugar, la verdad no surge de manera aislada, sino que debe integrarse en el entramado de creencias previas y ser compatible con posibles experiencias futuras. En tercer lugar, la verdad funciona como guía: las ideas verdaderas son aquellas que permiten orientarnos en el entorno, adaptarnos a sus condiciones y evitar fracasos en nuestra interacción con la realidad.

Chang explica lo siguiente:

“Una característica clave del concepto de verdad por coherencia operacional es que no es una noción absolutista. […] Mi definición de verdad por coherencia operacional establece que una proposición es verdadera ‘en la medida’ en que facilita actividades coherentes. […] En primer lugar, la verdad como coherencia operacional de una proposición está vinculada a un ámbito específico y finito, determinado por el conjunto de actividades coherentes que dependen de ella. En segundo lugar, el grado de verdad depende de la cantidad y variedad de las actividades coherentes, del grado en que cada una de estas actividades se basa en la proposición en cuestión y del grado de coherencia de cada actividad” (Chang, 2022, p. 186).

El carácter no absolutista de la coherencia operacional radica en que se ocupa de sectores locales de la realidad, aquellos ligados a experiencias concretas, y en que concibe la verdad como un gradiente más que como una dicotomía. La verdad nunca se trató de blanco o negro, sino un gradiente de colores. Esto significa que las proposiciones pueden evaluarse en términos de qué tanto facilitan la emisión de una acción eficaz en contextos específicos, sin pretender una correspondencia total ni definitiva con “la realidad en sí”. Por ejemplo, la proposición “esta madera es resistente” será verdadera en la medida en que permita construir con éxito un refugio o un mueble, aunque su verdad no se agote en una única prueba ni pueda definirse de forma absoluta.

Análisis psicológico de la verdad pragmática

Según Maero (2022), cuando una acción está guiada por una proposición —es decir, una regla verbal— puede analizarse dentro de la triple contingencia. En primer lugar, una proposición funciona como un estímulo discriminativo verbal: señala las posibles consecuencias de actuar de cierta manera en determinado contexto. En segundo lugar, seguir esa proposición equivale al aprendizaje por reglas, nuestra capacidad de modificar conductas a partir de lo que alguien (o nosotros mismos) nos dice. Finalmente, los resultados permiten evaluar si la regla es coherente con la realidad: si la consecuencia coincide o no con lo prometido verbalmente.

Por ejemplo, imaginemos un cartel que dice: “A 10 metros, 2×1 en hamburguesas”. Si efectivamente encontrás el local y la oferta, la regla se valida y aumenta la probabilidad de que vuelvas a seguirla. Si no se cumple, la próxima vez probablemente ignores ese cartel o incluso adviertas a otros que no lo sigan.

Desde un análisis funcional, este caso puede describirse así: el cartel es el estímulo discriminativo (antecedente), la respuesta fue caminar en la dirección señalada (conducta), y la presencia del local con la promoción constituyó la consecuencia. Este desenlace refuerza positivamente la conducta de seguir ese tipo de carteles en el futuro (contingencia).

Ahora bien, supongamos que el cartel indicaba 10 metros, pero en realidad el local estaba a 14. Algunos podrían pensar que el cartel estaba desactualizado y abandonar la búsqueda, mientras que otros seguirían explorando hasta encontrar el local. Al llegar, verían que, aunque la distancia no era exacta, la promoción sí estaba disponible. En este caso, la coherencia de la proposición no dependió de la literalidad del cartel, sino del grado de consistencia entre lo que anunciaba y el resultado alcanzado. Otro grado de consistencia podría ser que el cartel diga “9 metros”, pero en realidad el local estaba a 10 metros.

Podría pensarse que los grados de consistencia se vinculan con uno de los valores actuales de la investigación en la ciencia del comportamiento: la precisión. Un enunciado posee la cualidad de precisión en la medida en que permite discriminar eventos y anticipar sus posibles resultados. Cuanto más preciso sea un enunciado, más factible resulta sostener actividades coherentes alrededor de lo pautado verbalmente.

El conductismo —más específicamente, su variante radical— suele interesarse más en la construcción de conceptos que el perfeccionamiento metodológico. Esto no implica descuidar los métodos en sí, sino reconocer que los conceptos (en tanto estímulos verbales discriminativos) permiten organizar la práctica científica y ampliar nuestro modo de interactuar con el ambiente.

En palabras de William Baum (2016):

“El conductismo radical, a diferencia del conductismo metodológico, […] se enfoca en los conceptos y términos. Así como la física avanzó con la invención del término “aire”, la ciencia del comportamiento avanza con la invención de sus propios términos. Históricamente, los analistas del comportamiento han utilizado conceptos como respuesta, estímulo y refuerzo. El uso de estos conceptos ha cambiado a medida que la ciencia ha progresado. En el futuro, su uso podría seguir cambiando, o podrían ser reemplazados por otros términos más útiles” (pp. 29-30).

Refinar nuestros conceptos nos permite obtener resultados nuevos en la medida en que interactuamos con el mundo guiándonos por ellos. O, como lo plantea Stengers (2020, p. 154), lo claro-oscuro de los enunciados se juega en el éxito o fracaso de la experiencia, allí donde las consecuencias verifican —o no— la consistencia de lo que está pautado verbalmente. Desde esta perspectiva pragmatista, la verdad puede pensarse menos como copia de la realidad y más como la aventura de las consecuencias.

Profundizando un poco más en el concepto de “coherencia operacional”, Chang (2022) explica lo siguiente (si se leen la cita completa, les doy un premio):

“Una actividad coherente es aquella que está bien diseñada para lograr su objetivo, aunque no se espere que sea exitosa en cada caso particular. La coherencia operacional se basa en una comprensión pragmática; consiste en hacer lo que tiene sentido en situaciones específicas de acción intencionada.

[…] La coherencia operacional es un concepto relevante en todo tipo de actividades, tanto científicas como cotidianas. En la vida diaria, empleamos literalmente miles de habilidades simples que requieren una buena coordinación de movimientos corporales, condiciones materiales y conceptos mentales: beber un vaso de agua, atarse los cordones, comer con palitos chinos, montar en bicicleta o subir escaleras […] Es importante tener en cuenta que la coherencia no se refiere a un solo acto, sino a una actividad sostenida y organizada (e incluso a todo un sistema de práctica)” (pp. 40-41).

En otras palabras, si bien el análisis empleado anteriormente describe una conducta molecular (seguir lo indicado por un cartel), también puede pensarse molarmente: en términos de hábitos construidos a partir de asociaciones de condicionamiento clásico o de patrones conductuales modelados por el condicionamiento operante. Del mismo modo, procesos como el encadenamiento —realizar una secuencia de conductas para alcanzar un resultado— o el reforzamiento intermitente —cuando las consecuencias que siguen a una regla verbal no se presentan con total consistencia— también explican cómo se organizan nuestras actividades coherentes en la vida cotidiana.

Chang (2022) ilustra la idea de coherencia operacional con el ejemplo de encender un fósforo. Aunque parece una tarea trivial, requiere una coordinación sorprendente: sostener la caja en la posición adecuada, sujetar el fósforo con precisión, frotarlo (no arrastrarlo) a una velocidad y ángulo precisos, aplicar la fuerza justa y detener el movimiento en el instante en que se prende el fósforo. Todo esto, por supuesto, en interacción con un recurso material indispensable: el fósforo mismo.

Encender un fósforo es, entonces, una actividad coherente porque articula acciones pequeñas, intensidades ajustadas, secuencias específicas y condiciones materiales que deben estar presentes para lograr el propósito. Intentar ejecutar toda esta coordinación sin disponer del fósforo sería absurdo. La última vez que vi a alguien realizar una actividad sin el objeto requerido-asociado fue en el hospital psiquiátrico Borda.

Teoría de marcos relacionales (RFT, para los amigos)

Otra vez sopa. Hablé sobre esta teoría en diferentes ocasiones. Pueden encontrar una presentación extensa sobre esta teoría, junto a sus variantes contemporáneas (HDML y RDL), en este artículo; escribí un poco sobre seguimiento verbal y valores en este artículo; hice un posible vínculo entre otros conceptos de Chang (2022) y la manera en que entendemos el lenguaje desde el conductismo, con el objetivo de rescatar el realismo como posición relevante siendo conductista.

La teoría de marcos relacionales (TMR, o RFT por sus siglas en inglés) sostiene que la conducta verbal puede entenderse como una conducta relacional. Esta, a su vez, funciona como una operante generalizada. En otras palabras, el lenguaje se fundamenta en nuestra capacidad de relacionar cualquier evento o estímulo que se nos presente a la vista. No representamos la realidad cual reflector, somos productores de relaciones.

Relacionar eventos del mundo puede implicar mantener las características formales de un estímulo (relaciones concretas; un lápiz es más chiquito que un edificio). Pero también permite inventar características y establecer vínculos arbitrarios. En otras palabras, podemos hacernos preguntas tales como “¿qué pesa más? ¿La culpa o la justicia?” o “¿quién es más grande? ¿La libertad o el capitalismo?”.

Ahora bien, esta teoría no sólo explica las ocurrencias que podemos llegar a decir, también se enfoca en la manera en que nos impacta. La conducta verbal no solo consiste en relacionar estímulos de un contexto. También influye en la conducta, ya sea la propia o la de los otros.

El apartado anterior sobre reglas verbales dejó en claro la siguiente secuencia:

[Estímulo verbal discriminativo] → [conducta guiada por esta] → [resultados que conllevan a contingencias, reforzando o castigando la conducta].[2]

Acorde a la RFT, todo seguimiento verbal involucra un antecedente verbal, una conducta a partir de esta y un consecuente que la refuerce o castigue. Existen tres tipos de seguimiento verbal. El primero se llama “tracking”, seguir un estímulo verbal en función de las consecuencias ambientales que éste te dirige. A la luz de este concepto, podría decirse que el ejemplo del cartel refiere a este tipo de seguimiento verbal.

En cambio, un segundo tipo de seguimiento verbal se vincula con consecuencias sociales, llamado “pliance”. Este suele vincularse con situaciones donde la obediencia se sostiene por reforzadores sociales como la atención (reforzamiento positivo) o la evitación de un rechazo social (reforzamiento negativo). A diferencia del anterior, el pliace tiene que ver con la manera en que complacemos la regla verbal por consecuencias en nuestro círculo social. Como, por ejemplo, sacar la basura porque se enoja nuestro grupo de convivencia, en lugar de hacerlo por el mal olor que produce.

Por último, un tercer tipo de seguimiento verbal conocido como “augmenting” se involucra con la capacidad de aumentar la motivación hacia un reforzador. Cuando pienso en ejemplos, recuerdo la competencia entre productos en la publicidad. Todas las marcas intentan vender lo mismo, por ejemplo, lavandina. Para destacar, algunos publicistas apelan a la estética, mientras que otros exageran las consecuencias: ‘¡comprá esta lavandina, deja tu remera más blanca que el blanco mismo!’.

Si somos estrictos con el enunciado, es difícil conseguir un blanco más blanco que el blanco. De por sí escribir la última oración se me hizo absurda, pero en un contexto donde estás mirando la tele,[3] es distinta la sensación que produce. La lavandina como producto, garantiza la consecuencia de lavar la ropa blanca manchada, sin embargo esas palabras vuelven más apetecible ese producto a comparación con otros. Las palabras pueden empujarnos a interactuar con aquello cuyos resultados ya sabíamos que eran gratificantes, ya fueran ambientales o sociales. Hablando mal y pronto, el augmenting se vincula mucho con la práctica de “tirar flores” a cierta persona o evento con el objetivo de glorificarla, intensificar un aspecto apetitivo o aversivo de este.

Ahora bien, Maero (2022) plantea[4] que los conceptos, como reglas verbales que orientan la interacción con el entorno, constituyen una forma de tracking. Por ejemplo, el concepto de “reforzamiento” nos guía a: 1) registrar una conducta y su contexto; 2) identificar un consecuente que presuponemos su influencia sobre una conducta; 3) presentar un estímulo con una función reforzante y observar si la conducta aumenta en frecuencia. Si la frecuencia no cambia, concluimos que el estímulo entonces no actuó como un reforzador.

De esta manera, el concepto de “reforzamiento” actúa como una regla verbal que dirige nuestra conducta hacia consecuencias ambientales específicas. Sin la precisión de este concepto, podríamos aplicar estímulos suponiendo erróneamente que funcionan como reforzadores universales, sin verificar su impacto posterior en la conducta. Esto es clave, ya que un reforzador, aunque sea generalizado (como el dinero o la aprobación social), no siempre es efectivo en todos los contextos o personas, y siempre requiere de una verificación posterior. Sin precisión conceptual, aplicamos reglas vacías en el entorno.

¿La coherencia como reforzador?

Hasta ahora se expuso la tesis de la correspondencia, luego se explicó su contraparte —la tesis de la coherencia desde el pragmatismo. Más adelante, se pensó la construcción de la verdad desde el análisis funcional. En ese marco, la coherencia operacional —concepto propuesto por Hasok Chang (2022)— puede entenderse a primera vista como un tipo de seguimiento verbal llamado tracking. En este apartado me gustaría hablar sobre el estatuto de la coherencia dentro del análisis funcional.

Tal como lo explican Bordieri et al. (2015), la coherencia puede ser entendida sencillamente como ‘darle sentido al mundo’. No obstante, ¿cómo surge el sentido? Wray et al. (2013) consideran que darle sentido a la experiencia puede ser entendida como una conducta operante que emerge en contextos donde no hay una conducta determinada que sea efectiva, por lo que en la variabilidad eventualmente se encontrará con un reforzador que la establezca. Es decir, un contexto ambiguo nos invita a realizar diversas conductas hasta que una de ellas sea reforzada por el ambiente.

En contextos de investigación, un ratón probará múltiples conductas hasta que alguna de éstas active cierto mecanismo donde la caja skinneriana le de comida. Aprenderá que es mejor rascar con fuerza la palanquita que mordisquear el metal del piso.

No obstante, tal como se ve en el ejemplo anterior, este corresponde a una coherencia sin mediación verbal, no hay ninguna regla establecida. Sólo se trata de variabilidad conductual que eventualmente es seleccionada y retenida por el ambiente. No es cosa menor, pero no es lo que buscamos por ahora. Cuando incorporamos la mediación verbal, el estatuto de la coherencia adquiere un matiz diferente.

Según autores de la RFT, la coherencia juega un rol importante en el momento que uno relaciona estímulos en el ambiente. El simple hecho de establecer un sistema de relaciones de manera consistente es en sí reforzante, la coherencia posee propiedades apetitivas —hasta tal punto que algunos autores consideran la coherencia como “auto-reforzante” (Bordieri et al., 2015, p. 2).

Uno de los problemas de tomarse con literalidad la idea de que la coherencia es un auto-reforzador es que dicha conclusión cae en un mentalismo. O sea, explicar el mantenimiento de una conducta a partir de la interacción con otra conducta, ignorando así el ambiente.

Una de las teorías contemporáneas de la RFT, llamada HDML (hyperdimentional multilevel framework), propone pensar a la coherencia como la consistencia entre las nuevas relaciones derivadas y los patrones ya establecidos anteriormente. Por ejemplo, si aprendiste que “X es más grande que Y”, entonces al derivar la relación “Y es más chiquito que X” sería coherente. Sin embargo, la coherencia no funciona como reforzador por la manera en que el individuo organiza las relaciones, sino por ser una relación reforzada (de inmediato o en el pasado) por la comunidad verbal.

Un estudio de Harte et al. (2020) mostró que el feedback de una comunidad verbal influía en la convicción con que los individuos sostenían sus relaciones establecidas. Sin embargo, en una réplica posterior, la ausencia de feedback no modificó el sistema de relaciones (Harte et al., 2021). Esta diferencia se explicó a partir de otra dimensión: la derivación. La derivación se refiere a la frecuencia con que una persona genera una relación entre estímulos. Cuanto más aprendida está la relación, menos derivación requiere. Así, los individuos con pocas oportunidades previas de aprendizaje (alta derivación) resultaron más sensibles al feedback social. En cambio, quienes habían aprendido reiteradamente una relación (baja derivación) apenas se vieron afectados por la presencia o ausencia de feedback de la comunidad verbal.

En este punto, la noción de coherencia operacional propuesta por Chang (2022) permite articular ambas perspectivas. Mientras que la coherencia ambiental y no verbal se vincula con la selección de conductas por sus consecuencias inmediatas, la coherencia histórica y verbal se sostiene en reglas compartidas socialmente. La coherencia operacional, en cambio, remite a la organización práctica de acciones y condiciones contextuales que son reforzadas a partir de una consecuencia vinculada a la regla verbal.

Tanto el ratón que aprende a presionar una palanca como la persona que sigue una instrucción validada por su comunidad comparten un mismo criterio: la consistencia entre la actividad desplegada y el resultado obtenido. Sin embargo, el ratón no está mediado verbalmente, mientras que el segundo caso sí lo hace. El concepto establecido por este autor está más cercano al primero, sólo que efectivamente está mediado verbalmente.

No obstante, este tercer tipo de coherencia no se reduce a la mera relación entre una regla y su consecuencia. Como señala Chang, “la coherencia operacional se basa en la comprensión pragmática; consiste en hacer lo que tiene sentido en situaciones específicas de acción intencionada” (2022, p. 40, énfasis propio). El carácter de “intencionada” no debe leerse en clave mentalista, sino en términos conductuales: remite a la discriminación de las consecuencias que se siguen de la propia conducta. Dicho de otro modo, seguir una regla verbal para obtener determinados resultados es un caso de tracking; sin embargo, lo que distingue a la coherencia operacional es el reconocimiento de la relación entre la regla, la conducta orientada y las consecuencias de ser guiada por la misma.

De hecho, Skinner (1974) mencionaba que “hay una… diferencia entre comportarse y reportar que uno se está comportando o reportar las causas del propio comportamiento” (pp. 34-35). De esta manera, la coherencia operacional puede entenderse como la capacidad de discriminar —y eventualmente verbalizar— que una secuencia de acciones produce determinados resultados en un contexto particular siguiendo una determinada regla verbal.

En este sentido, la coherencia no depende exclusivamente de la comunidad verbal (como la mera consistencia entre proposiciones), sino que se concibe como una discriminación práctica (operacional) de la relación entre la actividad realizada y sus contingencias, teniendo en cuenta que dicha relación está mediada por una regla verbal en forma de proposición o concepto.

Conclusión

Comprender el concepto de  la coherencia nos puede permitir discriminar con precisión sus antecedentes, sus formas diversas y sus consecuentes. Reducir la coherencia a la consistencia lógica reforzada por la comunidad verbal puede influenciar en que perdamos de vista la capacidad de darle sentido al mundo interactuando con él mismo.

Interactuamos con nuestro alrededor en su aspecto social y físico, reducir el contexto a uno de estos implica una pérdida de la experiencia. Enriquecer la experiencia involucra nombrar lo que le ocurre al cuerpo en contacto con lo que lo rodea.

La coherencia en un principio puede ser pensada como una simple consistencia lógica de un sistema, esto nos puede llevar a contemplar la comunidad verbal como un reforzador de este. No obstante, Chang (2022) nos recuerda que el sentido puede construirse haciendo. No sólo hay reforzadores sociales, también hay ambientales; ambos construyen el sentido que le damos a la experiencia que se nos presenta, a la vida en sí.

Referencias

Baum, W. (2016). Understanding Behaviorism: Behavior, Culture, and Evolution. http://dx.doi.org/10.1002/9781119143673

Bordieri, M., Kellum, K., Wilson, K. & Whiteman, K. (2015). Basic Properties of Coherence: Testing a Core Assumption of Relational Frame Theory. The Psychological Record. 66. 10.1007/s40732-015-0154-z.

Chang, H. (2022). Realism for Realistic People. Cambridge University Press. https://doi.org/10.1017/9781108635738

Harte, C. Barnes-Holmes, D., Barnes-Holmes, Y., & McEnteggart, C., Gys, J., & Hasler, C. (2020). Exploring the potential impact of relational coherence on persistent rule-following: The first study. Learning and Behavior. https://doi.org/10.3758/s13420-019-00399-0

Harte, C., Barnes-Holmes, D., Barnes-Holmes, Y., & McEnteggart, C. (2021). Exploring the impact of coherence (through the presence versus absence of feedback) and levels of derivation on persistent rule-following. Learning & behavior, 49(2), 222–239. https://doi.org/10.3758/s13420-020-00438-1

Maero, F. (2022) Una idea es un medio de transporte: pragmatismo, conductismo, y verdad. GrupoACT. https://grupoact.com.ar/una-idea-es-un-medio-de-transporte-pragmatismo-conductismo-y-verdad/

Romero, G. E. (2017). Truth and Relevancy. Metatheoria Revista de Filosofía E Historia de la Ciencia. 7 25-30.

Skinner, B. F. (1974). About behaviorism. New York, NY: Appleton-Century-Crofts.

Wray, A., Dougher, M., Hamilton, D. & Guinther, P. (2013). Examining the Reinforcing Properties of Making Sense: A Preliminary Study.. The Psychological Record. 62. 599-622. 10.1007/BF03395823.


[1] A esta altura del artículo parece el multi-verso de la palabra “verdad”.

[2] Un ABC de toda la vida.

[3] Ya nadie mira televisión.

[4] Si Maero no plantea esto, bueno, fue mi lectura.


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