Procesos de cambio: entre mecanismos y trayectorias


Ocurren dos situaciones que me llaman la atención con respecto al uso de “proceso” como concepto en la comunidad psi: Por un lado, pese a la existencia de los tres libros canónicos escritos por los fundadores de la TBP, sigue abierta la pregunta de qué son los procesos. Parecería que no fueron suficientes tres libros al respecto. Por otro lado, en contextos académicos, clases y en la clínica se usa “proceso” para múltiples sentidos: mecanismo, secuencia, técnica, efecto, lo que venga. Al no estar clarificado, el término se usa sin criterio y termina volviéndose polisémico.

La idea de este artículo es desmenuzar la definición de “procesos de cambio” que propusieron Stefan Hofmann y Steven Hayes. En este caso, desmenuzar implica historizar y revisar si campos como la filosofía de la ciencia han podido avanzar sobre este problema semántico que la psicología científica hoy enfrenta. Esto último se debe a que “proceso” no es un concepto inventado por la TBP, ni pertenece exclusivamente a la psicología, sino que pertenece a diferentes campos epistémicos.

¿Y vos me lo preguntás? Proceso, sos vos.

Aquellos que han leído la triada bibliográfica de la TBP —Hacia una TBP (libro verde), Más Allá del DSM (libro celeste) o Aprendiendo TBP (libro rosa) —, ustedes ya saben a cuál definición me refiero. No obstante, empezaré citando su primera versión con el propósito de alcanzar los objetivos de este texto:

“Los procesos terapéuticos son los mecanismos de cambio subyacentes que conducen al logro de un objetivo de tratamiento deseable. Definimos un proceso terapéutico como un conjunto de cambios basados en una teoría, dinámicos, progresivos y multinivel que se producen en secuencias predecibles, comprobadas empíricamente y orientadas hacia los resultados deseables. Estos procesos se basan en una teoría y se asocian a predicciones falsables y comprobables; son dinámicos, porque los procesos pueden implicar bucles de retroalimentación y cambios no lineales; son progresivos a largo plazo para poder alcanzar el objetivo del tratamiento, forman un sistema multinivel, porque algunos procesos sustituyen a otros. Por último, estos procesos están orientados hacia objetivos tanto inmediatos como a largo plazo” (Hofmann y Hayes, 2019, pág. 38. Énfasis propio).

Primero que nada, hay que distinguir entre el proceso de cambio en sí y sus características. Dado que lo más desarrollado conceptualmente son las características, ofrezco esta lista con sus definiciones canónicas[1] (Hayes et al., 2020/2023, p. 18):

Basado en una teoría: están asociadas a una declaración clara de las relaciones entre los acontecimientos y conducen a predicciones comprobables y a un método de influencia.

Dinámico: los procesos pueden implicar bucles de retroalimentación y cambios no lineales.

Progresivos: puede ser necesario ordenarlos para alcanzar el objetivo del tratamiento.

Contextualizado y modificable: centrarse en sus implicaciones para los cambios prácticos y los núcleos de intervención al alcance de los profesionales.

Multinivel: algunos procesos sustituyen a otros o están anidados dentro de otros.

Debo decir que hay definiciones de diversa claridad, siendo la característica “basada en teoría” la más clara y el “multinivel” como el menos preciso. Ante esto, me daré el tiempo de comentar brevemente algunas de ellas.

Aclaraciones que nadie pidió (opcional leer)

En contexto y modificable

En primer lugar, el hecho de que “contextualizado” y “modificable” estén juntas, como características relevantes de los procesos de cambio, tiene que con la manera en que se criticó a un pilar matemático que hemos sostenido en la investigación por mucho tiempo: el teorema de la ergodicidad. Aquellas personas que tengan ganas de leer extensamente de este tema, recomiendo este artículo.

¿Qué quiere decir “ergódico”? Implica ser un sistema cerrado que al interactuar con el ambiente solo intercambiamos energía, como un autito de juguete a control remoto que eventualmente deja de funcionar.

Suponer que este teorema es aplicable a la investigación tiene implicancias atractivas: economizar recursos y generalizar resultados a personas fuera de la muestra estudiada. El problema es que estas implicaciones más bien fueron una promesa que nunca se cumplió. Esto debido a que hemos asumido que somos un sistema ergódico, un sistema cerrado.

En otras palabras, sostenernos de teoremas matemáticos para impulsar la investigación básica es una estrategia inteligente; lo problemático es cuando un teorema no encaja con las condiciones del objeto de estudio. En nuestro caso, la conducta. Al no cumplirse las condiciones, el teorema debe descartarse, y con él la forma en que hemos construido investigaciones alrededor de él.

Los organismos vivos, al ser sistemas abiertos, intercambiamos con el entorno no solo energía, sino también materia. La posibilidad de cambiar la materia que tenemos alrededor habilita que el contexto se vea modificado, y así nuestra conducta sufra consiguientemente modificaciones. La diferencia clave entre los sistemas abiertos y cerrados es la variabilidad. Esto es, la aparición de posibilidades diferentes a las anteriores; que aparezcan nuevos comportamientos no antes vistos. Por ejemplo, el pájaro hornero al construir su casita con barro y palitos habilita nuevas posibilidades que antes el pájaro no tenía cuando no existía esa construcción establecida. Como cubrirse de la lluvia, refugiarse del frío y resguardarse de depredadores. Condiciones ambientales que posibilitan nuevas estrategias o actividades en el querido pájaro hornero.

Dinámico, un recordatorio

En segundo lugar, la definición de lo dinámico es un tanto corta, aunque práctica a lo fines que pretenden los autores. Nuevamente, si alguien tiene ganas de leer extensamente de este tema sobre causalidad en psicología y cómo eso no es incoherente con la filosofía del análisis funcional, véase este artículo. De forma muy breve, lo que me gustaría comentar —o más bien advertir— es que hablar de causalidad no se reduce a causalidad lineal, por ejemplo, “un trauma causa ideas suicidas”. Sino que existen otros tipos de causalidades que no corresponden al orden de lo lineal. Por ejemplo, el condicionamiento operante hace uso de estos dos: la causalidad probabilística (esto podría provocar aquello) y la causalidad recíproca (la conducta opera sobre el ambiente y ese resultado afecta la conducta).

La inflación de lo multinivel

En tercer y último lugar, definir multinivel como la dinámica en que los procesos puedan anidarse dentro de otros me parece problemática. Considero que es pertinente diferenciar entre categorías formales y sistemas emergentes. Ambos cumplen el rol de organizar una serie de elementos en un conjunto.

Por ejemplo, una categoría formal donde “Fiambrería” remite al local donde solamente venden fiambre, mientras que un sistema emergente podría ser “Parvada” que reúne a todos los pájaros volando en sincronización.

Cabe aclarar que pensar en conjuntos formales permite que “sustituir procesos con otros” no sea tan problemático si entendemos la sustitución como una equivalencia. Como cuando alguien dice “para mí, la aceptación radical de la RO DBT es igual a la aceptación de ACT”.

Pero el problema que quisiera señalar es el de definir multinivel como anidar procesos dentro de otros. El anidamiento da lugar a que no sepamos discriminar si se trata de una categoría formal o un sistema complejo, al hablar de un proceso simple y/o un proceso conformado por otros procesos. Aunque, de todas formas, se sigue siendo problemático.

Me explico, si damos aceptamos que lo multinivel se defina de esa manera, podemos calcular matemáticamente cuántos conjuntos de procesos podrían existir:

  • Asumiendo que solo existen seis procesos, como en ACT, y que no podemos combinar un mismo proceso consigo mismo (defusión con defusión). Pero sí con uno distinto (defusión y aceptación).
  • Debería hacerse 2^6= 64, pero no podemos aceptar el vacío (∅), así que serían 63.
  • Pero nuestra intención es saber sólo los procesos anidados, así que hay que sacar seis. 63 – 6 = 57.
  • La fórmula de procesos anidados (PA) sería: PA = 2^n – 1 – n

Incluso lo podemos complejizar, ¿qué pasa si dependiendo del orden que uno anida procesos conforma otro proceso? Es decir, no es lo mismo un conjunto de {1,2,3} que (1, {2,3}). Esto matemáticamente se conoce como un árbol enraizado. En nuestro caso, los elementos básicos son un total de seis. Cada subconjunto como mínimo contiene dos elementos, sin repetirse.

Ahora el cálculo es más engorroso, pero sería algo así:

a1 = 1; a2 = 1; a3 = 4; a4 = 26; a5 = 236; a6 = 2752

Trataré de explicar este chino mandarín:

  • La primerísima forma de combinar procesos es, irónicamente, sin combinar. Un proceso solito, sin anidar. Representado como a1.
  • En segundo lugar, podemos anidar como mínimo dos procesos, sin repetir. Representado como a2. Tanto este conjunto como el anterior representa una (1) combinación. Por eso es que a1=1 y ({1, a2}=1).
  • En tercer lugar, podemos dejar procesos aislados ({1}{2}{3}) o juntar una pareja y dejar uno suelto, por ejemplo, ({1, 2}{3}). Entonces tenemos 4 formas. Representado como a3 = 4.
  • En cuarto lugar, podemos tener grupos sueltos, un par y dos sueltos, dos pares o una triada y un suelto. O sea, a4 = 26.
  • En quinto lugar, se vuelve más complejo: sueltos, un par y tres sueltos, dos pares y un suelto, una triada y dos sueltos, una triada y un par o un cuarteto y un suelto. Quedaría como a5 = 236.
  • Por último, a6 implicaría realizar la misma lógica, pero con conjuntos de seis. Lo que nos da como resultado 2752 combinaciones posibles.
  • Si alguien me dice “no existe tal cosa como un conjunto de separados”, la cuenta es tan simple como 2752 – 1 = 2751.

El problema de definir lo multinivel como la manera en que los procesos se pueden anidar o agrupar uno entre otros es que deriva en una inflación conceptual, totalmente permitida dada la definición misma. La abstracción puede ser perjudicial para la práctica investigativa como clínica, porque eventualmente volveríamos al debate de qué tan legítimo y necesario es combinar dos procesos ya establecidos para crear (o vender) un proceso nuevo. Además de posibilitar confusiones como la que veremos a continuación.

Un ejemplo claro de este debate es si mindfulness es un procedimiento (técnica) o proceso (mecanismo de cambio). Algunos autores sugieren que es un procedimiento basado en procesos conocidos como momento presente y yo-como-contexto, mientras que otros abogan por pensarlo como un proceso en sí. Esto vuelve difícil distinguir entre técnica y mecanismo de cambio, dado que ambos pueden ser tratados como un conjunto.[2]

Por lo tanto, hay que descartar la idea de que exista tal cosa como supra-procesos o infra-procesos. O sea, un proceso compuesto de procesos o procesos que componen un proceso. Pero ¿eso significa que descartamos la característica multinivel? No, para nada. Más bien, habría que reemplazarla por otra definición coherente al metamodelo que los autores proponen.

Veamos esto que dicen Hayes y Hofmann (2018/2022):

“Esto no puede continuar en una era basada en procesos; los modelos teóricos que subyacen a un procedimiento de intervención deben especificar procesos de cambio vinculados a ese procedimiento para un problema concreto. Incluso si el procedimiento funciona correctamente, si no se puede demostrar que el proceso de cambio especificado se aplica de forma consistente, el modelo subyacente es erróneo. […] El punto más relevante es que un procedimiento debe considerarse como basado en la evidencia solo cuando la ciencia respalda ese procedimiento, su modelo subyacente y su vinculación. Si un procedimiento produce ganancias de forma fiable y manipula un proceso que media en estas ganancias, se considerará preparado para admitirse en el arsenal de la terapia empírica basada en procesos” (p. 494).

Bajo esta declaración, podría decirse que cada vez que se instrumentaliza un proceso de cambio, o un conjunto de estos, se puede denominarlo como procedimiento. Esto debido a que todo procedimiento debe de estar vinculado a, al menos, un proceso de cambio. Pensar que toda combinación de procesos de cambio da a lugar un procedimiento sí es coherente con la práctica clínica y evita una inflación conceptual, trivializando o empobreciendo el concepto nuclear de “proceso”.

En cambio, sí es plausible una inflación de posibles procedimientos o técnicas, ya que de esto se trata en última instancia pensar la clínica como un arte o las herramientas clínicas como práctica artesanal. Esto es, existen metáforas que han sido utilizada en protocolos o estudios empíricos, pero también podemos inventar nuestras propias metáforas que pueden tener impacto en la persona que tenemos en frente. Herramientas podemos tener millones, específicamente 2751, y esa es la riqueza de nuestro oficio. No obstante, inflar el número de procesos sí es un problema, porque los procesos se vinculan a la explicación de la eficacia o efecto de dicha herramienta.

Ahora bien, todo lo anterior se trata de demostrar lo absurdo que es permitir que los procesos se puedan anidar uno con los otros. Sin embargo, como dije, la idea no es descartar la característica en sí de lo multinivel, sino reemplazarlo por otra definición y a la vez mantener la coherencia con el metamodelo propuesto. Para conseguir esto hay que volver al metamodelo.

Dentro de la Terapia Basada en Procesos (TBP), los autores ofrecen una grilla que resume su propuesta de procesos: el MetaModelo Evolutivo Extendido (MMEE). Sin entrar mucho en detalle, esta forma de conceptualización no solo ofrece considerar el nivel de lo psicológico, sino también aquellas variables que pertenezcan a otros dominios emergentes como lo biofisiológico y lo sociocultural. Esta integración en la conceptualización de caso nos permite pensar lo multinivel como la consideración de otros estratos emergentes de la realidad que pueden llegar a cumplir un rol importante en la comprensión de la problemática señalada.

Hablamos de lo “multi-“, o el “pluralismo de análisis”, porque cada uno de estos estratos no puede ser reductible a otro. En otras palabras, lo sociológico no puede reducir el análisis de lo psicológico ni de lo biológico, así mismo lo psicológico no puede hacerlo a lo sociológico y lo biológico. De la misma manera en que lo biológico no puede totalizar un análisis realizado desde lo sociológico o lo psicológico. Lo multinivel remite a características como la irreductibilidad y la separabilidad, lo que invita a tenerlos en cuenta a la hora de comprender el fenómeno que tenemos en frente.[3]

Propongo, entonces, redefinir lo multinivel no como un anidamiento jerárquico de procesos (unos dentro de otros), sino como el reconocimiento de que la conducta es inmanente a una realidad que, a fines prácticos del análisis clínico, está conformada por diferentes estragos emergentes —el biofisiológico, el psicológico y el sociocultural. Estos son irreductibles entre sí y, no obstante, están causalmente entrelazados.

Esta definición es coherente con el MetaModelo Evolutivo Extendido (MMEE), que nos invita a pluralizar la mirada sin caer en reduccionismos ontológicos. De esta manera, lo “multinivel” no significa que un proceso contenga otro proceso, sino que todo fenómeno psicológico está en medio de[4] una red de influencias que atraviesan diferentes dominios emergentes.

Destilando la oveja

Hasta ahora, hemos hablado con sumo detalle sobre las características de los procesos. Pero, ¿qué ocurre si le quitamos las características a la definición ofrecida anteriormente? Quedaría así:

“Los procesos de cambio son mecanismos que se producen en secuencias” (Hayes y Hofmann, 2020/2023, p. 18).

Vista de esta manera, la definición queda vacía; casi que podría decirse que, sin las características, se cae por su propio peso. De hecho, la primera vez que hice este ejercicio de destilar la definición, no pude evitar recordar esos colegas que siguen preguntándose “¿qué es un proceso?”. Y con razón: no está clarificado en absoluto. No sabemos qué quiere decir mecanismo, ni por qué se producen en secuencias.

Entonces, a continuación voy a intentar desmenuzar el concepto de “mecanismo” y qué quiere decir “que se producen en secuencias”. Es aburrido y nos dará mayor claridad del panorama.[5]

¿Mecanismo? ¡Yo soy contextualista!

Mi intención es poder calmar las aguas. Probablemente, algunos lectores conductistas les chirríe la palabra “mecanismo” porque aprendieron que esa postura no pertenece a la postura del contextualismo (Pepper, 1942). Es decir, nunca falta la persona, quien al formar parte de una comunidad verbal, empieza a distinguir las palabras de otras comunidades y a defender la suya.

El primer caso histórico de esto es cuando los conductistas aprendieron a que, si uno dice la palabra “mente”, eso significa necesariamente que esa persona defiende lo que ellos denominan “mentalismo”, entidades latentes que suponen explicar lo observable. O que aquellos que dicen la palabra “mente” son defensores del dualismo. Este comportamiento luego se ve modificado al entender que el significado de las palabras se hace por su uso, uno puede hablar de “mente” con la intención de comunicar una idea, más no por creer en ella con literalidad. Esto mismo hay que hacer con muchas otras palabras que aún quedan sueltas en la comunidad conductista. Por esta razón, hablaremos sobre mecanismo.

Como dije antes, y trataré de extenderme en ello, los conductistas aprendieron a asociar la palabra “mecanismo” como algo aversivo a partir de una famosa cita de Skinner que decía:

“En ciencia, los términos “causa” y “efecto” ya no se utilizan tan ampliamente como en el pasado. Han sido asociados con tantas teorías sobre la estructura y el funcionamiento del universo que significan mucho  más de lo que los científicos pretenden decir. Sin embargo, los términos que los reemplazan se refieren al mismo núcleo de los hechos. Una “causa” se convierte en “cambio en una variable independiente” y un “efecto” en “cambio en una variable dependiente”. La antigua relación de “causa y efecto” se convierte en una “relación funcional”. Los nuevos términos no sugieren cómo una causa genera su efecto. Meramente afirman que diferentes eventos tienden a ocurrir juntos en un cierto orden. (…) Estamos concentrados, entonces, en las causas de la conducta humana. Queremos saber por qué los humanos se comportan como lo hacen. Cualquier condición o evento puede ser señalado como un efecto sobre el comportamiento” (Skinner, 1953, p. 23).

Esta cita y el hecho de que Pepper (1942) haya diferenciado entre “contextualismo” y “mecanicismo” facilitaron que los conductistas contemporáneos renieguen de la palabra mecanismo por su connotación clásica de causalidad lineal.

No obstante, por fortuna, existen autores como Rodríguez y Primero (2019) que se han dado cuenta que sostener esto hoy en día se trata de un hombre de paja. Esto debido a que los mismos mecanicistas contemporáneos rechazan la causalidad lineal como un concepto pilar para comprender la mayoría de fenómenos tan complejos como la economía, la evolución o los problemas psicológicos. La causalidad lineal no ocurre más que en situaciones controladas, por lo tanto de laboratorio. Mientras que el pan de cada día se trata de relaciones enraizadas de vinculación recíproca y probabilística. A su vez, invito a recordar el libro del gran referente argentino, Mario Bunge (1997), quien ha escrito extensamente sobre el concepto de causalidad sin caer en un pensamiento lineal. Aunque reitero este artículo que escribí hace un tiempo sobre causalidad no-lineal, donde defiendo esa terminología con más cautela.

Ok, pero ¿Por qué mecanismo?

Ahora que entendimos que es posible el uso de la palabra “mecanismo” sin dejar de ser contextualista. Permítanme historizarles cómo llegamos hasta la nomenclatura de “procesos de cambio”.

Los protagonistas de esta historia son Reuben Baron y David Kenny quienes en 1986 propusieron la distinción entre mediadores y moderadores para precisar el análisis de la relación entre variables dependientes e independientes. Estos dos conceptos fueron denominados “variables terceras” (o terciarias), dado que complejizan la relación entre la variable independiente y dependiente. Dentro de una relación entre una variable independiente y una variable dependiente, puede haber un mediador o moderador.

Los mediadores son aquellas variables que se interponen entre la relación de la VI y VD de forma restrictiva: el mediador permite o inhabilita que la variable independiente pueda influir sobre la dependiente. Pueden pensar a los mediadores como si fueran interruptores, ya que pueden apagar o prender la luz, pero no existe un nivel intermedio entre estos dos estados.

En cambio, los moderadores tienen un efecto más bien gradual. La variable independiente posee relación directa con la variable dependiente, pero el moderador puede subir o bajar la intensidad de esa relación. Si seguimos el ejemplo de la luz, piensen ahora en un regulador, dimmer o atenuador de luz. La relación sigue existiendo, pero con la posibilidad de intensificarse o debilitarse según las características del moderador. Esto es sutilmente diferente al mediador, porque significa que la variable independiente siempre tiene relación con la dependiente, solo que puede parecerse al comportamiento de un mediador porque también puede llegar a variables extremos como 0% o 100%, pero existen matices.

Este movimiento conceptual permitió describir con mayor precisión cómo se organizan las relaciones entre variables. Sin embargo, no fue suficiente.

Más adelante, llega Peter Molenaar (2004) con su manifiesto idiográfico, defendiendo la investigación de la variabilidad intraindividual, estudiar cómo interactúan las variables mismas de un individuo y éstas genera un cambio. A la vez que exclamaba dejar la búsqueda de un promedio poblacional, un concepto que está al servicio de una postura nomotética de la psicología. Entiéndase nomotético por la capacidad de generalizar afirmaciones. Esto es, un cúmulo de personas diferentes es reducido a una entidad matemática (el promedio) que es utilizada como referente para pensar estrategias u otros dispositivos en la sociedad.

Luego, Alan Kazdin (2007) publica un artículo en el que critica las investigaciones basadas en los mediadores y moderadores. En pocas palabras, lo que exclama Kazdin es que si bien los mediadores y moderadores proveen precisión al análisis de los resultados, esto no implica tener una explicación. Es decir, hemos podido mejorar precisión en nuestros resultados, pero no entendemos por qué sucede eso. Frente a esto, Kazdin recupera la idea de “mecanismo” —o más específicamente, “mecanismo de cambio”— como una forma de resaltar la necesidad de poder explicar los fenómenos psicológicos, además de los resultados alcanzados.

Los moderadores suelen representar características demográficas de las personas o aspectos de las condiciones ambientes; los moderadores te dicen para quienes y bajo qué circunstancias el tratamiento funciona. Por otro lado, los mediadores denotan la(s) variable(s) que se involucra en cómo un tratamiento funciona. Sin embargo, ninguno de estos ofrece un respuesta ante el por qué se da un determinado cambio en el tratamiento, he ahí la importancia de recuperar los mecanismos.[6]

Una década después, Denny Borsboom (2017) lanza un artículo donde resume años de su investigación vinculando el análisis de redes y fenómenos psicológicos clínicos. Su objetivo fue estudiar patrones comportamentales como sistemas complejos sin necesidad de postular entidades subyacentes. La aplicación de las redes bayesianas a la psicología consiste en organizar datos empíricos en una trayectoria y ver cómo se configura el sistema, a la vez evoluciona, a lo largo del tiempo.

Finalmente, Steven Hayes y Stefan Hofmann (2019) publican un artículo sobre lo que ellos denominan como la Era de los Procesos, apelando a la postura de dejar atrás modelos específicos y reorganizar la clínica en base a aquellos mecanismos suficientes para tratar la mayoría de problemas psicológicos. Su forma de presentarlo esta idea fue a partir de la nomenclatura “procesos de cambio”.

Quizá hayan notado que se parece muchísimo a la nomenclatura elaborada por Kazdin, no es casualidad. Estos autores, como bien ellos afirman, no intentan reinventar la rueda, sino más bien ordenar el campo en base a todo lo que hemos debatido hasta el momento. Aunque… hay que admitirlo, algo de marketing tiene. Pero no quita que abre las puertas a nuevas preguntas y formas de investigación en psicología, tanto básica, conceptual como aplicada.[7]

Es indudable cómo la definición de “procesos de cambio” haya terminado en “mecanismos que se producen en secuencias”. La fórmula intenta capturar la tensión histórica entre mecanismos y secuencias, pero al hacerlo hereda ambigüedad y confusión.

¿De qué secuencias hablamos?

Anteriormente, se defendió el uso de mecanismo siendo conductista, y ahora se historizó cómo llegamos a hablar hoy sobre procesos de cambio. La intención ahora es rellenar esa definición que hemos destilado cual oveja y relacionarla con una concepción conductista sobre el comportamiento.

Nuestra oveja quedó destilada de esta manera:

“Los procesos de cambio son mecanismos que se producen en secuencias” (Hayes y Hofmann, 2020/2023, p. 18).

Como les había mencionado antes, los mecanicistas contemporáneos han reflexionado sobre las limitaciones que tenía la concepción clásica de mecanismos. Este nuevo movimiento se conoce como Neomecanicismo. Por lo que me dispuse a leer al argentino Hipólito M. Hasrun (2017), quien dedicó su tesis doctoral a explorar el rol de los mecanismos sociales y naturales en la ciencia actual.[8]

Leyendo el libro de este argentino, me encontré con la siguiente cita:

“Los mecanismos son el camino, el proceso, por el cual un efecto es producido o un propósito es logrado” (p. 81).

Si les parece familiar esta frase, quizá sea por la primera versión que les había presentado al principio:

“Los procesos terapéuticos son los mecanismos de cambio subyacentes que conducen al logro de un objetivo de tratamiento deseable” (Hofmann y Hayes, p. 38, 2019).

Las primeras impresiones que uno podría tener al darse cuenta de esta similitud conceptual es: ¿eso quiere decir que la TBP es mecanicista? ¿Los autores están informados sobre el neomecanicismo?  La respuesta a ambas preguntas es no.

Les comparto la cita completa:

“Los mecanismos son el camino, el proceso, por el cual un efecto es producido o un propósito es logrado. El proceso que lleva a un resultado determinado no es un mecanismo, antes bien, un mecanismo, al operar resulta en un proceso; y puesto que no siempre hay mecanismo, puede haber proceso sin mecanismo” (Hasrun, 2017, pp. 81 – 82)

Esta cita nos advierte que debemos distinguir entre mecanismo y proceso, siendo el proceso un recorrido —o mejor dicho, una secuencia de eventos— en el que podría haber (o no) un mecanismo. Siempre está la posibilidad de registrar una secuencia de eventos en el tiempo, pero no necesariamente hay un mecanismo involucrado. Ante un mecanismo, siempre hay un proceso. Pero ante un proceso, no siempre hay mecanismo.

Para que se entienda mejor esto último, se refiere a un debate actual en estadística sobre modelos procesualistas y mecanicistas en la investigación. Borsboom et al. (2011) menciona que las redes bayesianas representa un modelo procesual de la estadísticas, porque su foco está en describir la trayectoria de un sistema en un estado X a otro estado Z. Por lo que, para estos autores, exigirle a los modelos procesualistas buscar mecanismos es absurdo, dado que lo único que hacen es organizar datos empíricos en un periodo de tiempo. Los buscadores de mecanismos no refutan aquellos modelos basados en procesos al encontrar o no un mecanismo. Lo que sí refuta una teoría procesualista son nuevos datos empíricos, ya que implica que han ordenado erróneamente dicha trayectoria. 

Todo proceso representa la trayectoria de un sistema en interacción con su entorno dentro de su espacio de posibilidades. Un ejemplo de esto podría ser imaginarse ver un partido de tenis y observar cómo el jugador, en su espacio restringido, va recorriendo diferentes partes de su lugar haciendo diferentes poses. El jugador podría estar en un momento cerca de la red para pegarle a la pelota y en otro tiempo está en el centro a punto de hacer un saque para empezar el partido.

Ante estos diferentes momentos donde el jugador realiza poses variadas, uno podría organizarlas como puntos y relacionarlos a partir de qué vino primero uniéndolos con flechas.[9] Y cuando tengamos suficientes datos relacionados nos daríamos cuenta de que algunas poses no siempre deriva en una misma pose, sino en distintas. Todo esto implicaría organizar la trayectoria, o el proceso, en base a los eventos que sucedieron en distintos momentos.

Ahora bien, no queda duda de que en un proceso uno pueda identificar un mecanismo, pero no hay que suponer que la observación de una trayectoria necesariamente implica haber encontrado un mecanismo. Analizar una trayectoria puede dar a lugar reconocer un mecanismo, pero no necesariamente ocurre esto. Mientras que un mecanismo sí o sí ocurre en una secuencia de eventos.

Una vez hecho esta clarificación entre proceso y mecanismo es mucho más fácil darnos cuenta de lo retorcida que fue la idea de renombrar “mecanismo de cambio” (Kazdin, 2007) por “proceso de cambio” (Hofmann y Hayes, 2019). Los procesos de cambio son mecanismos y un proceso a secas se trata de la trayectoria de un sistema, lo que deriva en un quilombo semántico.

Hablé mucho de secuencia, pero poco sobre qué es un mecanismo en sí.

¿Y mecanismo qué sería?

En clínica, hacemos esta distinción en muchas oportunidades. Quienes hayan tenido experiencia atendiendo habrán notado de que no cualquier secuencia corresponde a un principio de aprendizaje o un proceso terapéutico, por ejemplo, de aceptación o defusión. Esto debido a que muchas veces la secuencia que nos cuenta el consultante es insuficiente en términos de información clínicamente relevante.

Es decir, si pretendemos hacer un análisis funcional, nuestro objetivo es poder localizar, por ejemplo, los tres términos de contingencia (antecedente, conducta y consecuente). Cuando un consultante nos diga “estaba con mi novia y se me apareció el pensamiento de que iba a dejarme”, podríamos responder diciendo “¿y qué hiciste cuando apareció?”, “¿cómo te sentiste?” o “¿qué ocurrió con tu atención en ese momento?”. Intentos clínicos de extender la secuencia para obtener más información y así comprender lo que sucedió.

Por esta razón, un mecanismo podría entenderse bajo la siguiente definición:

Un mecanismo es una secuencia determinada de entidades y actividades cuya organización provee una explicación relevante de la producción de un fenómeno (Hasrun, 2017).[10]

Para entender mejor esta definición y cómo es coherente con el análisis funcional, pensemos en la manera en que Skinner descubrió el condicionamiento operante. Hace muchísimo tiempo, en el conductismo, prosperaba el esquema Estimulo->Respuesta, ante un estímulo particular le sigue una respuesta determinada. En el documental narrado por Murray Sidman, menciona lo emocionante que fue observar cómo una paloma ante el picoteo de un disco, aparecía la comida y éste seguía picoteando. Uno podría decir que se invirtió el esquema anterior, ante una Repuesta le sigue un Estímulo (Respuesta-> Estimulo).

No obstante, Skinner identificó que era insuficiente como explicación. Por lo que al observar con más cuidado la trayectoria de la paloma, pudo dar cuenta de que la paloma discriminaba entre la luz prendida y apagada en diferentes oportunidades, vinculándolas con la presencia (o ausencia) de la consecuencia de obtener comida. De esta manera, al circuito completo lo llamó “condicionamiento operante”. Se trataba de un estímulo discriminativo que evocaba una conducta y ésta al obtener cierta consecuencia aumentaba (o no) la probabilidad de realizar esa conducta en el futuro.

Podría decirse que Skinner identificó un sistema conformado por entidades (la paloma y la caja con sus aparatitos) y actividades (la paloma picotea y la luz se enciende/apaga) que estaban organizados de tal manera que proveían una explicación relevante a la producción del fenómeno (condicionamiento operante).

Lo que hace que una explicación sea relevante, o llanamente una explicación, es su capacidad de habilitar acciones como la experimentación y la predicción. Si Skinner no hubiera tenido en cuenta el estímulo discriminativo como concepto, poco y nada hubiera podido crear otros contextos que puedan replicar, intervenir y predecir sobre lo que estaba sucediendo.

Esto es, la explicación implica comprender un fenómeno en términos de cómo sus partes se relacionan y obtienen cierto resultado o efecto, esto habilita ser capaz de influenciar dicho sistema con el propósito de cambiarlo y con ello la predicción de obtener X resultado/efecto ocurre tras la Z perturbación del sistema.

Volviendo al ejemplo de la clínica, como terapeutas somos capaces de ubicar una posible fusión (mecanismo) de los pensamientos al escuchar el relato del consultante (trayectoria). Al momento de notar ese mecanismo, ideamos un plan de intervención basada en esa intuición para contrarrestarlo. Por ejemplo, aprender la habilidad de momento presente y luego la de defusión; notar los pensamientos que ocurren en el presente y dar cuenta que no son reglas que uno debe obedecer tras su aparición inmediata.

Existen otros ejemplos de mecanismos como secuencias que proveen una explicación relevante, los tres tipos de seguimiento de reglas de la Teoría de Marcos Relacionales (RFT para los amigos).

Tracking, por ejemplo, se trata de seguir un cartel que diga 2×1 en hamburguesas (Ed) que al seguirlo (conducta) obtenemos la hamburguesa prometida (consecuencia reforzante). Pliance, en cambio, sería seguir el cartel (conducta) porque nos lo dijo Juan (Ed), no conseguir la hamburguesa (consecuencia), pero obtener una anécdota graciosa para contar (consecuencia también). Por último, augmenting tendrá que ver con seguir (conducta) dicho cartel porque vimos a nuestro youtuber favorito visitarla y decir que es la mejor del mundo (Ed), ante estas variables comemos la hamburguesa con detenimiento y mucho cuidado. Lo que ocurrió es que la hamburguesa fue aún más deliciosa y disfrutable gracias a las variables que intensificaron su apetecibilidad (mi youtuber favorito y que sea la mejor del mundo).

Si yo hubiera dicho solamente “vio un cartel 2×1 y lo siguió” no sería una explicación relevante, porque no podría saber si se trata de una secuencia u otra, y por tanto cuál posible intervención realizar. Las tres son en sí secuencias, pero son significativamente tan distintas que merecen ser distinguidas.

Conclusión

Abogar por el contextualismo funcional y usar el concepto de mecanismo no es incoherente. Lo incoherente sería llamar “proceso” a cualquier cosa sin distinguirlo entre trayectoria y explicación.

Ahora, la oveja que hemos destilado al principio le creció el pelaje y se ve tal que así:

Los procesos de cambio son secuencias determinadas de entidades y actividades que proveen una explicación relevante de la producción de un fenómeno. Estos procesos se basan en una teoría y se asocian a predicciones falsables y comprobables; son dinámicos, porque implican bucles de retroalimentación y cambios no lineales; son progresivos en tanto se ordenan para alcanzar objetivos del tratamiento; son modificables dado que ocurren en un contexto, permitiendo así la variabilidad; y son multinivel, porque consideran los estratos emergentes irreductibles entre sí —como el social, el psicológico y el biológico.

El metamodelo de la TBP invita a comprender por qué funciona lo que aplicamos en la clínica. Dejar de pensar en técnicas aisladas y enfocarnos en los mecanismos de cambio; dejar por momentos el qué para afrontar el cómo y el por qué. Analizar trayectorias es crucial para detectar mecanismos: no podemos dejar de escuchar al consultante en lo que tiene para compartirnos y, al mismo tiempo, redirigir ese recorrido cuando se haya desviado de lo que es relevante clínicamente.

En clínica, esto importa porque no alcanza con describir lo que el consultante hace o siente. Hay que identificar qué organización funcional sostiene ese recorrido, qué lo mantiene, qué efectos produce y qué proceso terapéutico permite intervenir sobre él. Analizar trayectorias sigue siendo indispensable, pero solo cobra valor pleno cuando nos lleva a detectar mecanismos.

En una era saturada de “procesos”, distinguirlos de los mecanismos no es un capricho semántico. Es una condición para pensar con más precisión y trabajar con menos humo.

Referencias:

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[1] Canónicas = sin ninguna pizca de intervención mía.

[2] Cabe aclarar que la distinción que hago acá es sobre el uso técnico de la palabra “proceso”. Es decir, podemos hablar de defusión como un proceso de cambio, en términos de segundo orden, cuando a nivel técnico sabemos que el proceso que está detrás es el de seguimiento de reglas o un marco relacional deíctico. Uno remite al proceso como conjunto formal, una categoría para explicar rápido una idea, mientras que el otro se trata de un conjunto cuyos elementos tratamos como literalmente existentes. La diferencia está en el uso.

[3] Añadir el emergentismo como postura para defender lo “multinivel” no es incoherente con la propuesta de redes de Borsboom, véase Borsboom et al. (2018).

[4] Omg, lo dije.

[5] Haciendo uso de habilidades DBTianas.

[6] Dado que los mecanismos remiten a la explicación de un fenómeno, es irremediable que estén cargados teóricamente.

[7] De lo segundo es lo que se encarga principalmente este proyecto, la exploración conceptual. Por ejemplo, mi artículo sobre semiótica y principios del comportamiento.

[8] Viva la industria intelectual nacional.

[9] Detalle nerd: los puntos se les llama nodos, y las flechas se las llaman aristas en el mundo de las redes.

[10] Esta definición sintética fue gentilizada por Mg. Gabriel Donoso.


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