Quisiera empezar con una confesión: no me gusta la palabra dialéctica, menos aún como proceso.
Tal vez se deba a mi interés por filósofos como Gilles Deleuze o Mario Bunge, ambos antihegelianos confesos. Para Deleuze, la dialéctica es un concepto que representa una traición a la pura diferencia; para Bunge, es un sinsentido metafísico que no se resiste a la luz de la ciencia empírica. Ambos por distintos caminos llegaron a una idea similar: rechazar la dialéctica como concepto fundacional.
Este rechazo genera cierta dificultad práctica al tratar de comprender el modelo de la Terapia Dialéctica Conductual (DBT, por sus siglas en inglés). Incluso si quisiera tomarlo como una metáfora, me cuesta asignarle una referencia observable: ¿qué proceso(s) conductual(es) concreto(s) estaría describiendo?
Me gustaría también decir que considero que la formación de terapeutas no debería limitarse a explicaciones de “términos medios” o de “segundo orden”. Son bonitas y amigables, permiten que nos acerquemos a los modelos. No obstante, el nivel técnico nos provee extensión en la forma de entender y actuar sobre un fenómeno. Posibilita que uno pueda vincular un término con observaciones operacionales y principios del comportamiento. Sin esa traducción, me resulta difícil incluir “la dialéctica” en la conceptualización de casos. Sorry not sorry.
Por lo tanto, el objetivo de este artículo (o lo que fuese esto) es doble. Primero, entender el uso de la palabra dialéctica en el vocablo popular, además de su uso terapéutico e indagar su coherencia con el análisis funcional. Segundo, y más importante, introducir un concepto que me resulta más claro desde una mirada conductista: el de composibilidad e incomposibilidad.
Dialéctica: for dummies
Permítanme presentar brevemente este concepto (Linehan, 1993/2025, pp. 56-58). La intuición más inmediata respecto de la dialéctica es que los opuestos constituyen el mundo: en presencia de un extremo, existe su contrario. Para cada fuerza, hay una fuerza opuesta. Este principio, conocido como polaridad, se basa en la famosa secuencia de “tesis, antítesis y síntesis”. Esta secuencia, según sus defensores, surge a partir de las tensiones entre “tesis” y “antítesis” que eventualmente se integran en una “síntesis”. Dicha síntesis, a su vez, puede convertirse en una nueva tesis, iniciando así un proceso continuo de transformación.
La polaridad funciona, entonces, como un principio de continuidad: un cambio progresivo entre síntesis que suceden por negación: B existe por no ser A, y C existe definiéndose como algo que no es A ni B. En otras palabras, el resultado nunca es enteramente A ni B, sino algo nuevo que aparece en esa relación. En este sentido, la dialéctica puede entenderse como un proceso de variación que produce novedad a partir de la tensión negativa entre opuestos.
Es curioso cómo esta secuencia dialéctica en realidad nunca estuvo en Hegel, fue más bien un recurso pedagógico por parte de Heinrich Moritz Chalybäus para explicar la tesis hegeliana. Sin embargo, para mí, lo más grave de esta secuencia simplificada es que olvida un factor relevante que da sentido a ese circuito: el Absoluto.
Para aquellos que desconozcan de este término, Hegel considera que la historia tiene como finalidad el despertar del espíritu, su auto-realización. Esto es el Absoluto.
En palabras del propio autor:
“Cada uno tiene su propio principio, al cual tiende como a un fin. Alcanzado este fin, ya no tiene nada que hacer en el mundo. […] [Cualquier persona] puede encontrarse muy a gusto en semejante muerte, aunque haya quedado fuera de la vida de la idea. Entonces sirve de material a un principio superior, se torna provincia de otro pueblo, en el que rige un principio superior.” (Hegel, 2005, pp 130 – 135).
La teleología se trata de una rama específica de la metafísica que presupone la existencia de fines o propósitos de las entidades en el mundo. Por lo tanto, la dialéctica hegeliana es teleológica. La tesis y la antítesis se encuentran en la síntesis con el propósito de llegar eventualmente a la autorrealización del Espíritu, el Absoluto.
Ahora bien, una de las razones por la que no me gusta la dialéctica es considerar que la historia existe porque posee un objetivo o un destino formulado previamente, casi como si se tratase de dotar a la historia de características humanas o misticismo.
Teleología en el análisis funcional
Tal como presentó Reese en su artículo de 1994, la teleología en su sentido clásico implica que el futuro determina el presente, más no determinado por este último. A partir de esto, Reese distingue entre purposive (servir a un propósito) y purposeful (tener un propósito). Según este autor, la conducta operante es purposive, al servir a un propósito en el sentido que es seguida por un resultado particular. Sin embargo, no es purposeful en el sentido en que el organismo, sea humano o no, tenga la intención de realizar esa acción.
En palabras de Skinner (1974):
“La teoría operante movió el propósito que parecía ser mostrado por la acción humana desde una intención o plan antecedente hacia la selección subsiguiente por contingencias de reforzamiento.” (p. 224)
Reese (1994) resume esta posición como “el propósito de un acto es simplemente sus consecuencias características” (p. 76).
Se trata de un error ontológico —para un conductista radical— pensar la existencia de las conductas en términos de objetivos finales. Pedagógicamente es efectivo pensar el concepto de “función” como sinónimo de rol o uso. Pero, a nivel técnico, este término no debe pensarse de manera teleológica. Una paloma no toca una palanca PARA recibir un refozador; en todo caso, la paloma toca la palanca PORQUE existe una historia de reforzamiento que facilita la aparición —aumente la probabilidad de emisión— de esa conducta bajo determinadas condiciones discriminativas (Skinner, 1963).[1]
Otro concepto que Reese (1994) incluye en esta crítica es el de teleonomía, la cualidad de los organismos de aparentar un propósito o diseño determinado como fin u objetivo. La problemática de la teleonomía en el análisis funcional es que suele vincularse a procesos filogenéticos, la herencia genética que se traspasa de generación en generación, dejando atrás los procesos ontogenéticos. Procesos vinculados a la selección por consecuencias (Skinner, 1984).
Por esta razón, el autor concluye que los conceptos de teleología y teleonomía no son útiles para el análisis funcional de la conducta, porque podría confundir la actividad del investigador. Sin embargo, sí puede ser útil hablar de “propósito”, siempre y cuando no sea reificado (Reese, 1994, p. 86). Es decir, entender que se trata de un derivado de la historia de consecuencias del organismo, y no como una entidad trascendental que causa la conducta.
En resumen, si la dialéctica implica un fin último (el Absoluto), entonces es incoherente con un enfoque seleccionista del comportamiento, que atribuye el propósito a la historia de contingencias, no a un destino predefinido.
La dialéctica en la DBT
Sin embargo, rechazar la metafísica hegeliana no implica descartar la práctica (o estrategias) asociadas al término. En DBT, “dialéctica” se utiliza de una manera más modesta. Entonces, vale preguntarse si su uso clínico es coherente con una perspectiva conductista, incluso si su origen filosófico no lo es.
Si eliminamos el componente metafísico, ¿qué queda en la práctica?
En DBT, el ejercicio más famoso relacionado con este concepto es el de reemplazar “pero” por el “y” (Linehan, 1993/2025, p. 198). Una técnica denominada por ACT como “y versus pero” (Sayrs y Linehan, 2018, p. 115) y utilizada dentro de las estrategias dialécticas por parte de la DBT. Esta consiste en realizar afirmaciones que contengan aspectos extremos sin ubicarlos de manera opuesta.
Por ejemplo, en lugar de decir “esta situación es muy importante para mí, pero tengo miedo”, se propone decir “esta situación es muy importante para mí y tengo miedo”.
Desde la Teoría de Marcos Relacionales (RFT, por sus siglas en inglés), esto podría traducirse de la siguiente manera: vincular dos eventos con un “pero” establece un marco relacional de oposición (Wilson y Luciano, 2002, pp. 220-221). Lo que implica suponer que ante la aparición de un evento, impide que surja el otro. Existe una relación de exclusión mutua.
El hecho de establecer “situación muy importante” y “tener miedo” como opuestos, deriva en que el sujeto no pueda acercarse a eso que le importa ante la presencia del miedo; cuando deje de tener miedo, el sujeto se acercará a lo que valora.
En cambio, “y” establece una relación de coordinación o jerarquía, donde lo que es importante y el miedo ocupan un mismo lugar sin exclusión. Aunque este cambio no solo implica en el marco relacional, sino además una transformación de la función de la conducta respecto a sentir miedo y estar inmerso en una situación muy importante.
Uno puede evocar una conducta de aproximación hacia un complejo estimular apetitivo (situación muy importante) incluso en presencia de un estímulo inicialmente aversivo (el miedo). Acercarse a eventos valorados que provocan, al mismo tiempo, miedo. Frases terapéuticas como “los miedos y los valores son dos caras de una misma moneda” podrían facilitar que el miedo pierda su carácter aversivo y represente ser constituyente de una vida que vale la pena ser vivida. Al reformularlo como parte de una vida significativa, el miedo puede incluso volverse indicador de aquello que a uno le importa.
A diferencia del marco relacional anterior, que suponía que en presencia del miedo no debe acercarse a aquello que anhela, este cambio relacional (y de función) establece que el sujeto puede acercarse a lo que valora incluso sintiendo miedo.
Ahora bien, el punto de este artículo no es profundizar sobre el cambio relacional (de oposición a jerarquía/coordinación), sino lo que ocurrió en la transformación funcional.
La pregunta clave es la siguiente: ¿Por qué no podemos evocar una conducta de aproximación y evitación al mismo tiempo? ¿Por qué, a pesar de que el miedo impulsa a evitar y el valor impulsa a acercarse, siempre termina ganando una de las dos? No parece ser simplemente un re-etiquetado verbal. El cambio remite a un aspecto fundamental de la conducta.
Composibilidad y compatibilidad de las conductas
Para darle cuerpo a estas preguntas, necesitamos de un bagaje conceptual que nos permita distinguir dos fenómenos que la lógica clásica y la dialéctica hegeliana no diferencian. Por fortuna, un reciente trabajo en el campo de la lógica modal epistémica nos proporciona exactamente lo que necesitamos para continuar.
Holliday y Mandelkern (2022), en su artículo “Compatibility, compossibility, and epistemic modality”, señalan un error de base en la semántica de mundos posibles clásica: la confusión entre composibilidad y compatibilidad.
Antes de extenderme en estos conceptos, hay que recordar brevemente qué es una posibilidad. Existe una distinción entre dos usos de la palabra “posibilidad”. Por un lado, de dicto modalidad (o de dicto posibilita) es la aplicación a elementos lingüísticos como proposiciones estudiadas (o enunciados) por la lógica y, por otro lado, de re modalidad (o de re posibilita) aplicado a elementos ónticos como propiedades y objetos, por ende estos elementos pertenecen al área de la ontología (Lombardi, 2026). El uso que yo estaré haciendo respecto a la conducta será de índole de re posibilita; aplicaré la idea de posibilidad a entidades existentes como el comportamiento. Para más extensión de esta idea, pueden ir a este artículo.
En la semántica clásica, se consideran los mundos posibles como completos, los enunciados vinculados a posibilidades pueden ser verdaderos o falsos. Mientras que Holliday y Mandelkern (2022) utilizan la semántica de posibilidades parciales para demostrar que la compatibilidad no implica composibilidad. A diferencia de la versión clásica, añadir la noción de “parcial” implica que un enunciado no siempre se califica como verdadero o falso, este puede indeterminarse. Ser ninguno de los dos. Se trata de una información incompleta de las posibilidades. Cabe aclarar que todo esto anterior remite al ámbito del de dicto posibilita.
Ahora bien, ¿cómo definen estos autores la compatibilidad y la composibilidad?
La composibilidad remite a que dos enunciados son al mismo tiempo verdaderos en una única posibilidad. Es decir, un enunciado X es verdadero en momento 1 y un enunciado Z es verdadero también en el momento 1, entonces estas dos posibilidades pueden componerse simultáneamente. Por definición, la composibilidad es sincrónica: exige la co-ocurrencia en un mismo punto.
La compatibilidad, en cambio, implica que ninguno de los enunciados niega al otro. Esto se conoce como una relación de compatibilidad que existe entre las posibilidades. A diferencia de la composibilidad, no exige que ocurran al mismo tiempo, solo exige que existan puntos relacionados donde cada uno ocurra por separado. Nuevamente, por definición, si la composibilidad es sincrónica, la compatibilidad es diacrónica.
La clave de esta diferenciación es que, en una semántica de posibilidades parciales —donde uno puede no tener la información completa de las posibilidades disponibles—, la compatibilidad no implica la composibilidad. Puede haber dos cosas que son perfectamente compatibles (no se contradicen) y a la vez son incomposibles (no surgen en el mismo instante). En lógica clásica, esto se conoce como pseudocomplementación, suponer que si dos enunciados no son verdaderos al mismo tiempo (incomposibles), entonces uno niega al otro (incompatibles). En la semántica de posibilidades parciales, la pseudocomplementación es falsa.
Aproximación y evitación, tendencias incomposibles
Hasta el momento, dimos las bases conceptuales para acercarnos a responder la pregunta anterior: ¿Por qué no podemos acercar y evitar una situación al mismo tiempo? El artículo de Holliday y Mandelkern (2022) era aplicado a enunciados, a partir de ahora se aplicará a elementos ónticos de la psicología, las conductas.
En 1959 —un psicólogo reconocido, aunque olvidado— Neal E. Miller propuso un modelo formal para entender el conflicto entre respuestas incomposibles. Su punto de partida era una observación sencilla: un animal moldeado para acercarse a la comida (aproximación a un estímulo apetitivo) y luego castigado con descargas eléctricas (evocando evitación) muestra un comportamiento dubitativo: se acerca, se detiene, retrocede, vuelve a acercarse y así sucesivamente.
Miller explicó este patrón mediante gradientes de aproximación y evitación:
“La tendencia a acercarse a una meta es más fuerte cuanto más cerca está el sujeto a ella. La tendencia a evitar un estímulo temido es más fuerte cuanto más cerca está el sujeto de él. […] La fuerza de la evitación aumenta más rápidamente con la cercanía que la de la aproximación” (Miller, 1959, p. 205).
El punto donde la aproximación es más fuerte que la evitación es cuando el sujeto está lejos de la meta. Viceversa, el punto más débil de la aproximación es cuando está cerca de la meta, la evitación siendo la ganadora. Esto sucede debido a que el gradiente que representa la evitación está más empinado que la aproximación. Esto último implica que el organismo a medida que se acerca a la meta, el miedo crece más rápido que la tendencia a aproximarse, lo que provoca que lleguen a un punto de equilibrio, o más bien de dubitación.
“La respuesta de acercarse tiende a aumentar la fuerza relativa de la evitación hasta que el acercamiento es detenido, mientras que la respuesta de evitar tiende a disminuir la fuerza relativa de la evitación hasta que es detenida. Es este fenómeno (análogo a la retroalimentación negativa) el que lleva a la deducción de un punto de equilibrio estable.” (Miller, 1959, pp. 215-216)
Dado que ambas tendencias son incomposibles, aunque sí compatibles—no pueden ocurrir al mismo tiempo, pero sí en distintas secuencias de tiempo—, entran en conflicto, haciendo que se presente la tendencia más fuerte. Es como si imagináramos a una persona acercarse a una meta valiosa, pero llega a punto donde tiene una serie de conductas que oscilan entre avanzar y detenerse: me acerco, el miedo crece, me detengo, espero, avanzo, vuelvo a sentir miedo, freno, prosigo, evito, etc.
Si bien pareciera que, por un lado, la evitación siempre le ganará a la aproximación y, por otro lado, la oscilación entre avanzar-alejarse es inevitable, Miller nos menciona que los gradientes pueden variar. Esto gracias a variables como la modificación de la intensidad de las variables disposicionales[2] y/o con el número de ensayos reforzados. Sin embargo, lo que es relevante en esta cuestión es que Miller se enfoca en la reducción de la evitación, y no tanto en aumentar el acercamiento:
“Puesto que el miedo es una pulsión aprendida, será más intensamente provocado por las claves originalmente asociadas con el reforzamiento. Por lo tanto, cuando el sujeto se enfrenta a claves a distancia, el gradiente de reforzamiento tendrá un doble efecto—debilitará no solo las respuestas específicas de evitación, sino también el miedo que motiva esas respuestas. Este doble efecto hará que la evitación caiga rápidamente.” (Miller, 1959, p. 213)
En su texto, contrasta el miedo —como pulsión aprendida que aumenta la tendencia a evitar— con el hambre —una pulsión de índole orgánica que aumenta la tendencia a aproximarse—. Pero, en las terapias contextuales, utilizamos los valores como operadores motivacionales que aumentan la disposición de ciertas conductas y reducen otras.
Por lo tanto, en base a la investigación de Miller, podría decirse que la exploración de valores y el ensayo conductual de exposición son habilitantes a la aceptación. Entendiendo así la aceptación como la capacidad de aproximarse a estímulos o situaciones, incluso cuando estos históricamente fueron aversivos.
Unos detalles conceptuales que me parecen interesantes compartir es que Miller (1959, p. 226) y Dollard extendieron este modelo a la clínica, definiendo así lo siguiente:
- La cercanía no se trata solo de espacialidad respecto del estímulo, también puede ser en términos temporales o simbólicos.
- La evitación se aplica a aquellas conductas que producen inhibición, como la inacción, y represión, entiéndase por supresión del pensamiento (Wegner, 1994).
- La aproximación se extiende a las respuestas que son inhibidas o reprimidas.
Imagínense una exposición interoceptiva del trauma, invitando al paciente a narrar en detalle su situación traumática: las palabras evocadas se acercan al recuerdo doloroso (aproximación), pero a medida que se acerca cada vez más, el miedo aumenta rápidamente y decide detenerse (evitación). Este es un ejemplo de cercanía en términos simbólicos.
El trabajo del terapeuta consistiría en fomentar la aproximación hablando en detalle sobre el recuerdo doloroso, incluso si eso implica el aumento del miedo. Aunque, antes de esto, menciona Miller que hay que analizar la resistencia (p. 230) como estrategia de reducción de la evitación, lo que en nuestros términos sería realizar una evaluación funcional y socializarlo con el consultante.
En resumen, por lo visto hasta ahora, el trabajo de Miller habla sobre la incomposibilidad de dos tendencias conductuales: la aproximación y la evitación. No pueden aparecer simultáneamente, aunque sí en momentos distintos. Podría decirse que la valencia de un estímulo es una restricción, impide que ciertas cosas ocurran y habilita que otras sucedan.
Pero, a la vez, no necesariamente aquello que evoca una estrategia de evitación siempre lo hará. Los gradientes pueden variar según las condiciones que se presentan y los aprendizajes posteriores. Basta con un programa que (1) aumente la intensidad de variables disposicionales de aproximación, (2) proveer un espacio de psicoeducación de la problemática y (3) ensayos conductuales que permitan un reforzamiento diferencial de conductas.
Ahora bien, hemos hablado sobre la incomposibilidad de conductas restringida por tendencias opuestas, la aproximación y la evitación. O constreñidas por el tipo de valencia del estímulo, apetitivo o aversivo. No obstante, existe otro tipo de incomposibilidad conductual restringido por estructuras anatómicas.
Artistas desafiando la incomposibilidad
Muchas veces cuando hablamos restricciones de posibles conductas, señalamos variables como el ambiente y/o la historia de reforzamiento del individuo. Sin embargo, solemos olvidar el propio cuerpo. En palabras un poco más técnicas, ignoramos los sistemas de respuestas.
Ortu y Bugg (2022) definen sistemas de respuestas como un conjunto de relaciones ambiente-conducta restringido anatómicamente. Dentro de un mismo sistema corporal, las respuestas son mutuamente incomposibles. Esto es, no podes decir “hola” en voz aguda y “adiós” en voz grave al mismo tiempo. Aunque sí puede haber respuestas simultáneas siempre que surjan de diferentes sistemas de respuestas.
Un ejemplo que adoro recordar son los artistas callejeros. Estas personas tienen el potencial de mantener el equilibrio sobre un monociclo (sistema motor grueso, piernas), mientras tocan la guitarra (sistema motor fino, brazos y manos) y soplan la armónica (sistema vocal-respiratorio, boca). Todo al mismo tiempo.
Estos artistas demuestran cómo diferentes topografías de conductas pueden co-existir en un mismo instante. El arte, una vez más, rompiendo con lo que se cree imposible. El artista callejero tiene la capacidad de complejizar la topografía al explorar qué es lo que el cuerpo le permite realizar al mismo tiempo.
Otro ejemplo son los ventrílocuos, que entrenan el sistema vocal-respiratorio para hablar sin mover la boca o para modular la voz de formas aparentemente imposibles. Son magos vocales. Ellos también exploran composibilidades como hablar con palabras que contengan la palabra “m” y al mismo tiempo no mover la boca, o decir dos palabras al mismo tiempo con diferente voz.
Su habilidad no se basa en una ruptura de las restricciones anatómicas, sino una exploración de sus límites: reemplazan fonemas difíciles o cambian tonalidades en fracciones de segundo. Detrás de toda magia, hay un entrenamiento intensivo.
Ambos ejemplos anteriores remiten a composibilidades ilusorias, o falsas composibilidades. El primero es gracias a reemplazar la “m” por una “n”, así como otros fonemas son sustituidos en el vocabulario ventrílocuo. Mientras que el segundo se trata de una técnica impresionante de cambiar tonalidades momento a momento. Intenten decir “ho-“ en tono normal, luego “ho-“ en voz aguda, después “-la” normal y terminar diciendo “-la” con la otra voz. Es muy difícil.
En caso de que concibamos al repertorio conductual como un espacio de conductas posibles, existen conductas incomposibles debido a restricciones corporales como los sistemas de respuestas. Puedo hablar sobre One Piece mientras toco la guitarra, pero no puedo tocar la guitarra mientras toco un acordeón porteño. La anatomía impone sus limitaciones. Toda restricción impide ciertas posibilidades y a la vez es habilitante de lo que puede ocurrir, o aquello que puedo hacer.
Ante estas dos incomposibilidades de distinta restricción, podríamos hacer la siguiente taxonomía:
- Incomposibilidad funcional: Tendencias (o valores de valencia) opuestas que compiten por el control conductual.
- Incomposibilidad anatómica: Conductas que compiten por ocurrir en un determinado momento dado que pertenecen al mismo sistema de respuesta.
Estos conductistas, Ortu y Bugg (2022), recurren a la explicación de un mecanismo neural para la filtración de respuestas, conocido como bucles tálamo-cortico-estriatales. Si la filtración fuera como abrir o cerrar puertas, la explicación sería algo así:
El tálamo es la puerta que permite o bloquea el movimiento, pero normalmente está “cerrada” por una inhibición constante desde los ganglios basales. Para moverse, el cerebro utiliza tres vías: la vía directa desinhibe el tálamo y “abre la puerta” a la respuesta dominante; la vía indirecta inhibe el tálamo y “cierra la puerta” a las respuestas competidoras; y la vía hiperdirecta permite una inhibición ultrarrápida, como un freno de emergencia. La competencia se resuelve mediante un mecanismo de “ganador se lleva todo” (winner-takes-all): la respuesta que recibe más desinhibición y logra inhibir a sus competidores es la que ocurre.
Estos autores reconocen no sólo bases neurales involucradas en la selección de respuestas, también tienen en cuenta aquellas selecciones de índole conductual. Es decir, toda coordinación de sistemas de respuestas es plausible a la modificación a través de la experiencia; todo sistema es plástico. Al igual que sucedió en el trabajo de Miller (1959), Ortu y Bugg (2022) también plantean una posibilidad de realizar ciertas conductas que inicialmente son incomposibles.
Un ejemplo, entre otros:
“[Los] grandes bateristas son conocidos por adquirir una completa independencia de sus extremidades. Mientras leen una partitura o improvisan, las respuestas de cada extremidad son efectivamente independientes de las demás. Esto probablemente puede demostrarse mejor en una instancia de lectura a primera vista con una partitura que el baterista no ha visto antes. Sin embargo, en última instancia, la anatomía nunca deja de imponer restricciones. Incluso cuando se ha logrado la independencia total de las extremidades, un baterista con brazos o piernas especialmente largos puede ser capaz de ejecutar partes que son inalcanzables para un baterista con extremidades más cortas, y viceversa” (p. 3. Énfasis propio).
Incluso aquello que es composible puede ser adquirido, o aprendido, por la experiencia. Esta plasticidad de la composibilidad nos permite realizar acciones que en otro momento de nuestra historia era imposible.
Comorbilidad como compatibilidad
La distinción entre incomposibilidad funcional y anatómica no solo nos ayuda a entender el conflicto entre aproximación y evitación, sino que también puede brindarnos herramientas conceptuales para tratar un fenómeno clínico común: la comorbilidad.
Tradicionalmente, la comorbilidad es entendida como la co-existencia de dos o más trastornos mentales en una persona. A su vez, estos trastornos mentales se asumen a la vez como entidades ocultas que causan la aparición de los síntomas asociados.
Desde una perspectiva de redes (Cramer et al., 2010), se conciben a los trastornos mentales como sistemas emergentes surgidos de la interacción causal entre síntomas. La comorbilidad, entonces, es el conjunto que surge a partir de la unión entre dos o más redes patológicas, cada una de estas redes tienen síntomas en común. Aquellos síntomas que solapan entre una red y otra funcionan como intermediarios, o también denominado como “síntoma-puente”. De preferencia, “puente sintomático”.
En términos conductuales, hablar de síntoma es incoherente —o más bien problemático— al vincularse con el estudio del comportamiento. Para un conductista (Froxán Parga, 2020), un trastorno mental se trata de un patrón conductual establecido conformado por los siguientes elementos:
- Una relación de contingencias. Antecedentes, respuestas y consecuentes.
- Un contexto disposicional, condiciones que modulan dicha relación.
- Un control verbal, condiciones de origen social que intervienen sobre el aprendizaje de contingencias directas. Por ejemplo, el tracking o pliance como formas conductas dirigidas por reglas.
- Un estado motivacional, también conocido como operadores motivacionales, que alteran la efectividad de los reforzadores involucrados.
Aunque, con fines de simplificar una red, se podría utilizar el concepto de “campo externo” de Borsboom (2017),[3] y suponer que todo lo que está por fuera de la red son variables disposicionales y operadores motivacionales. Quedándose la red solo con aquellos elementos que son plausibles de pensar en términos de reforzamiento o restricción[4]: pensamientos, emociones, conductas observables y ambiente (Cramer y Borsboom, 2025, p. 90). De todas formas, usaré “síntoma” por mera economización del lenguaje.
Habiendo dicho todo esto, desde una perspectiva de redes (Borsboom, 2017), todo trastorno mental se trata de un resultado a partir de la co-ocurrencia de síntomas que se relacionan mutuamente. En otras palabras, un síntoma (o elemento, por decirlo más neutro) “refuerza o facilita” (Borsboom y Cramer, 2025, p. 90) que otro síntoma aparezca. El bucle de retroalimentación positiva entre estos elementos tiene como resultado la emergencia de una propiedad auto-organizante (Scheffer et al., 2024), conformando así un sistema propiamente.
El hecho de que la co-ocurrencia sea definida como “un evento [que] aumenta la probabilidad de otro evento” (Evers et al., 2026), puede ser pensado en términos de compatibilidad. Eventos que son compatibles relacionalmente, sin negar la aparición del otro. La comorbilidad, así como un patrón conductual problemático, tiene que ver con la compatibilidad de elementos que suceden en secuencias, sin ser simultáneos.
Así es como ocurren comorbilidades de trastornos que, por definición, son incomposibles como el Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) y el Trastorno de Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), dado que poseen aspectos opuestos. Por ejemplo, uno posee una atención fija a un estímulo particular (TOC), mientras que el otro presenta una atención dispersa (TDAH).
A primera vista, parecería que estos dos patrones conductuales se excluyen mutuamente: no se puede estar hiperfocalizado en un pensamiento intrusivo y, luego, tener la atención dispersa en múltiples estímulos del contexto. Ante esto, la pseudocomplementación diría que si son incomposibles, entonces son incompatibles. Sin embargo, la evidencia clínica muestra que ambos trastornos son altamente comórbidos, especialmente en la población infanto-juvenil (Sheppard et al., 2010; Masi et al., 2010).
Ambos patrones conductuales son compatibles en el repertorio, pero incomposibles en el instante. Una persona no puede hiperfocalizarse en un estímulo y al mismo tiempo dispersar la atención, pero sí con alternancia. La co-ocurrencia de los eventos no es sincrónica, sino diacrónica.
Brem et al. (2014), en su revisión sobre el vínculo neurobiológico entre el TOC y TDAH, señalan que ambos trastornos comparten un sustrato neural común, aunque con patrones opuestos. En sus propias palabras:
“Los déficits en los circuitos cortico-estriato-tálamo-corticales responsables de los procesos de control cognitivo y monitorización del rendimiento se caracterizan en ambos trastornos: TOC y TDAH. Según la naturaleza de sus síntomas, situados en los extremos opuestos del espectro impulsivo-compulsivo, estos trastornos presentan hipo- o hiperactivación de las estructuras cerebrales afectadas, como los ganglios basales o la corteza frontal mesial.” (Brem et al., 2014, p. 182)
Podría decirse que ambas conductas mencionadas comparten el mismo sistema de respuestas (Ortu y Bugg, 2022), lo que ocasiona que no puedan surgir simultáneamente. Uno remite a que el circuito esté hiperactivo (TOC), mientras que el otro implica que ese mismo mecanismo esté hipoactivado (TDAH). Situándolos así en un espectro de impulsividad-compulsividad.
Esta distinción conceptual de la co-ocurrencia nos permite precisar cuáles son los elementos consistentes con la comparación con la parvada, como sistema complejo (Borsboom et al., 2022). En una parvada, todos los pájaros se relacionan causalmente entre estos formando así el sistema, tal como ocurre en un trastorno o patrón conductual. Sin embargo, todos los elementos que constituyen un problema comportamental no están presentes al mismo tiempo, como sí ocurre en la parvada. La parvada es de co-ocurrencia sincrónica, mientras que un patrón comportamental se trata una co-ocurrencia diacrónica.
Conclusión
A lo largo de este recorrido, he intentado mostrar que la palabra “dialéctica” —al menos en su versión hegeliana— arrastra compromisos ontológicos innecesarios: la teleología, el Absoluto y la idea de que la historia o la conducta se mueven hacia un fin predefinido. Para un conductista radical, esa noción es incoherente con un enfoque seleccionista que atribuye el propósito a la historia de contingencias (Reese, 1994). La conducta operante es purposive —sirve a un propósito en el sentido de que es seguida por un resultado particular— pero no es purposeful —el organismo no actúa para alcanzar un fin; la paloma no toca la palanca para recibir comida, sino que toca la palanca porque su historia de reforzamiento moldeó esa conducta bajo ciertas condiciones discriminativas.
Aunque la DBT utiliza la palabra “dialéctica” de una manera más modesta: como una estrategia para invitar al paciente a reemplazar el “pero” por el “y”. Un gesto de apariencia simple esconde una transformación clave: el paso de la incomposibilidad a la composibilidad. Hacer que dos eventos, inicialmente opuestos en valencia, compartan el mismo espacio e instante.
Holliday y Mandelkern (2022) nos dieron el bagaje conceptual para entender esta distinción: dos cosas pueden ser compatibles (no excluirse lógicamente en el repertorio) pero incomposibles (no caber en el mismo instante). Miller (1959) nos mostró que la aproximación y la evitación son precisamente eso: compatibles en la historia del organismo, pero incomposibles en el acto. Ortu y Bugg (2022) nos revelaron el sustrato neural de esta incomposibilidad: los bucles tálamo-cortico-estriatales, y donde la activación de una respuesta implica la inhibición activa de sus competidoras. Aunque también señalaron sobre la plasticidad de estos sistemas a través de la experiencia. Lo que en clínica puede traducirse en exposición, el ensayo conductual o el reforzamiento diferencial. Existe la posibilidad de transformar la incomposibilidad en composibilidad.
Esta distinción conceptual nos permitió entender un poco mejor la comorbilidad, incluso en aquellos trastornos que son opuestos por definición. Trastornos como el TOC y el TDAH, que se sitúan en extremos opuestos de un mismo espectro, comparten un mismo sustrato neural, pero con patrones de activación contrarios: la hiperactivación en TOC y la hipoactivación en TDAH (Brem et al., 2014). Ambos compatibles en el espacio de conductas posibles (repertorio), por lo que el consultante puede alternar entre momentos de fijación y dispersión. Pero son incomposibles en el instante, no se puede estar hiperenfocado y distraído al mismo tiempo. En ese sentido, la comorbilidad no es igual a una parvada, una co-ocurrencia sincrónica. Sino a una alternancia diacrónica entre ambos patrones.
Es crucial no confundir la incomposibilidad con incompatibilidad. La incompatibilidad implicaría una exclusión secuencial: si ocurre X, entonces Z es necesariamente imposible de que devenga. En la clínica, estos casos son raros. A lo sumo uno puede pensar en cosas más obvias como la imposibilidad de cocinar huevo frito lejos de la cocina, o directamente sin huevo ni aceite. La mayoría de fenómenos que llamamos “opuestos” —la compulsión e impulsividad o la aproximación y la evitación— son incomposibles, no incompatibles. Pueden alternar en el repertorio (compatibles), pero no ocurrir en el instante. Rechazamos la pseudocomplementación: que dos cosas no quepan en el mismo instante no significa que una sea la negación de la otra. El “y versus pero” como estrategia dialéctica de la DBT es la negación clínica de la pseudocomplementación.
La terapia, entonces, no es un proceso de “síntesis” que culmina en el Absoluto. Puede llegar a ser un entrenamiento de la composibilidad en el presente. No busca que el paciente primero acepte y luego cambie; busca que acepte y cambie al mismo tiempo. Como el artista callejero que toca la guitarra y la armónica a la vez. Como el baterista que aprendió a independizar sus extremidades. Como el paciente que después de un entrenamiento sistemático, logra sentir miedo y no verse bloqueado en realizar acciones valiosas para su vida.
La dialéctica desgranada en “compatibilidad” y “composibilidad” permite la contemplación tanto del río como su fotografía. Se trata de fomentar la capacidad de que la aceptación y el cambio, el miedo y los valores, lo difícil y lo valioso, ocupen el mismo espacio conductual en un mismo instante.
Podemos seguir usando la palabra “dialéctica, así como hago uso de “síntoma”. Su significancia remite a su uso operativo, no ontológico. El punto está en alejarnos de ella al comprometernos con la exploración conceptual de nuestro objeto de estudio, la conducta. En otras palabras, no confundir la herramienta con el fenómeno. O el medio con el objetivo.
La meta no es encontrar una síntesis gloriosa, sino habilitar que el paciente pueda ocupar, en un mismo instante, el espacio de sus miedos y el de sus valores. Eso es entrenar la composibilidad. Y eso, para un conductista, es suficiente.
Sorry not sorry, Hegel.
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[1] Claramente por lo extenso que es la oración última no cabe duda de que prefiramos explicarlo de la primera forma. Economizamos así palabras o saliva.
[2] En realidad, él habla de “pulsiones” como inspiración explícita de los textos de Freud (p. 264). Pero, a partir de su traducción como “cualquier condición especificable [que] aumenta específicamente la ejecución de respuestas” (p. 240), podemos darle un sentido contemporáneo desde el análisis funcional, llamándolo como “operador motivacional” o “variable disposicional”.
[3] En el pasado, el campo externo lo asignaba a antecedentes o consecuentes (Véase este artículo), ya que definía a todo síntoma como comportamiento. Entonces me restringía suponer que un evento estimular debe estar fuera de la red. Aunque conservo la intuición de que las relaciones hechas en una red se tratan de análisis molares, a diferencia de los moleculares que sólo analizan una relación contingencial. De esto me explayaré el día que haga un artículo sobre cómo crear redes clínicas.
[4] Amerita a que hable sobre la teoría molar del reforzamiento aplicando ontología modal de las constricciones. Próximamente.




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